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viernes, 16 de junio de 2017

MACHORRA

De esto debe hacer ya cinco años. Alguien regaló a mi hija pequeña una orquídea blanca. Ella no podía cuidarla y, en una visita a su casa, me indicó si quería quedármela. Acepté la oferta.
A lo largo de mi vida he plantado y cuidado árboles y flores. Bastantes, por cierto. Nunca una orquídea. Para saber de qué me había encargado, busqué información y la estudié. Me enteré de que hay asociaciones y grupos que comparten sus experiencias "orquiáceas". También hay abonos para que florezcan mejor: lo compré y lo utilicé.

No había pasado una semana y sus flores, casi al unísono, palidecieron y se desprendieron del tallo. Para que vuelva a florecer mejor: ¿corto el tallo por arriba, por abajo o lo dejo sin podar?. Una lectura me convenció de que, si lo cortaba por abajo, el nuevo tallo sería más fuerte y florecería más abundantemente. Seguí regando mi orquídea blanca, más o menos, una vez por semana; según me lo indicaba la humedad de sus raíces. Antes de acostarme la repasaba por ver si, por alguna parte, apuntaba un brote nuevo. Sólo me mostró nuevas hojas y nuevas raíces: crecía en frondosidad y en arraigos.
Pasaron los mese y los años. Cada vez que aparecía un nuevo atisbo de  crecimiento resurgía la esperanza de que fuera la deseada flor. Pero no, era una nueva raíz. Tantas que he aprendido a reconocerlas cuando apuntan como cabeza de lombriz verde y morada.
-¡Tírala a la basura!. ¡No volverá a florecer! ¡Es "machorra"! ¡Es egoísta!:  sólo se cuida a sí misma!.
Estaba dispuesto a eliminarla. La tuve en la mano camino del cubo de basura, pero no ejecuté la acción. En el fondo no quería darme por vencido. Es duro reconocer la incapacidad, la auto-ineficacia.
Cansado, bueno, más que cansado, apático, decidí acudir a una floristería que había visto promocionarse como especialista en orquídeas.
-¿Está verde?.  
- Sí, y echa hojas nuevas y muchas, infinidad de raíces, pero nada más.
Aquella mujer entrada en años, con voz profunda, aterciopelada, como el vino de gran reserva,  me aseguró, convincente, mirándome a los ojos
- Florecerá.
 La creí.
Para no recibir más reproches y no enfadara (dicen que a las plantas hay que mimarlas y hablarles cariñosamente), la trasplanté a un recipiente mayor y me la llevé a mi estudio. Cada mañana, mientras el ordenador cargaba los archivos del sistema, sin desfallecer, la repasaba esperanzado. Pero, ¡nada!
Cansado de tanta espera, me compré otra orquídea fucsia, con cuatro varas florecidas. La coloqué en el lugar que ocupó la blanca. La orquídea fucsia terminó su floración en uno de sus tallos, lo corte por la yema superior y brotó uno nuevo. Además echó un quinto tallo que también ha explotado. Cuando creía finalizada su floración, me regala dos más.  A día de hoy puedo testificar que lleva florecida más de  dieciséis meses. Eso sí: ni una hoja o raíz nueva. Es generosa.
El pasado septiembre, en una de mis inspecciones rutinarias, noté en mi orquídea blanca un bulto blanquecino en la conjunción de una de sus hojas con el tronco, era más romo y más brillante que el brotar de las rices. Sí, lo confieso, me dio un pálpito de alegría. Me guardé el secreto, dado que muchas veces había anunciado en vano la nueva floración. A la mañana siguiente, como si quisiera sorprenderme en mi reconocimiento, esta vez, nada rutinario,  me mostraba una yema nueva. Esperé aún dos o tres días. Ya estaba seguro.
-La Orquídea blanca  va a florecer.
A mediados de diciembre apareció la primera flor. Volvió a ocupar su primer lugar desplazando a las advenediza. Fueron abriéndose, uno tras otro, cada uno de los botones. En marzo está tomada la imagen que presento.  Merecía la pena: una panorámica de 11 tomas.
Si no hubiera tenido la paciencia, si la hubiera arrojado a la basura, si no hubiera creído a la experta, me hubiera privado de la alegría, la satisfacción y el orgullo de ver florecer a mi "Machorra".
- ¡Qué tentación!.
Pero no, la moraleja de la fuerza de la autoeficacia la sacas tú.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

CINCO MIL EUROS PARA ENTERRARME


 

Después de tanto tiempo desaparecido, retorno  a este blog. En mis pensamientos, incluso intenciones, estaba presente.  Con seguridad, muy presente. De la contemplación de volver a escribir avanzaba hacia la intención, (según la teoría de los estadios de la acción), no terminaba, en cambio, de decidir el momento y el modo. Pero he experimentado lo que Marllatt denominó AVE: abstinence violation effect. Me siento incómodo por no escribir.

La fotografía, que  comenzó siendo un entretenimiento,  absorbe mis momentos de escritorio y me empuja hacia aventuras. Cada noche  me queda tarea para la siguiente madrugada. Y, en ella, no están los temas del blog.

Últimamente me estoy encontrando con varios  fotógrafos que, mediante sus cursos online, me recuerdan lo que tantas veces  leí, investigué, escribí y enseñé, dentro de la teoría cognitivo social: no desanimarse ante el fracaso, seguir y buscar nuevas salidas. Persistencia, persistencia, corrección, corrección; no dejar de disparar y editar ninguno de los día. Nunca conformarse con un resultado mediocre, y, si es bueno, siempre puede mejorarse.

David duChemin, fotógrafo norteamericano influenciado por el impresionismo pictórico, me acababa de proponer,  a las siete de la tarde de ayer, en su libro: De visual Imagination,  que dejara de leerle, que abriera la web y buscara obras de Turner, Monet,  Armand Guillaumin, Kandinsky, etc. Ante cada cuadro  debería preguntarme: cuáles eran mis sentimientos, qué elementos constituían la masa visual, qué equilibrio había entre  sus componentes, cómo se ubicaban  en el enmarque, qué papel jugaba el color, cómo recorría mi ojo la pintura siguiendo las líneas y los contrastes, qué incluía y qué excluía el artista. Tras este examen,   debería preguntarme, a continuación, cómo utilizaría yo los parámetros de mi cámara: apertura del diafragma, velocidad de disparo, cantidad del ISO y tipo de objetivo, para conseguir la misma impresión. Preguntas y más preguntas.

Entre los pintores mencionado,s elegí a Armand Guillamin  porque no recordaba nada de él ni en el  Jeu de Pomme, ni en la Estación d’Orsay.

El primer cuadro que analicé se titula: “Escena rivereña”.  La sensación que me produce es de relajación: un atardecer, como el que los psicólogos aconsejan para los ejercicios de relajación. El sol de atardecer, a la espalda del pintor, inunda de luz caliente la escena, en la que destaca un  edificio, fábrica o almacén, de ladrillo o enlucido rojo.  Contra él se estrella también la primera mirada . Se estrella y la baja dirigiéndola hacia  las aguas del río,  mansas  y extendidas. Su tortuoso recorrido, de izquierda a derecha, arrastra también la atención. Siguiendo su cauce, aparecen, a la izquierda, un conjunto de chimeneas fabriles que arrojan  borbotones de humo negro, rojo y blanquecino, que acompañan la dirección del río. Te percatas, ahora,  de que hace un poco de brisa, sólo brisa que envuelve, acaricia. El humo y el agua transportan hacia las siluetas de casas e iglesias de la ciudad, allá, a lo lejos. Siguiendo la curva del río uno se tropieza con barcos veleros: lonas extendidas y cóncavas por la misma brisa que mueve el humo de las altas chimeneas. Los barcos veleros te indican que, un poco más cerca de ti, del pintor, hay dos pequeños botes pesqueros que forman contrapunto con  ellos; el equilibrio de los elementos elegidos, de que habla duChemin.  En los botes hay gente, siluetas, pescando. Dos en cada uno. La mirada se acelera descubriendo detalles que se suman a la sensación relajada: siguiendo el mismo ritmo visual que los veleros y los botes aparecen, en la orilla más cercana,  pescadores a caña. Unos, conversan sosegadamente, otro, contempla el atardecer al tiempo que aguanta su caña. Veleros, barcos y hombres, situados en diagonales paralelas, se equilibran. Te percatas de que una gran parte del cuadro, a la derecha del río, está cubierta de una mancha uniformemente verde-amarillenta de árboles. No te has dado cuenta porque se limitan a enmarcar el curso del río. Esa monotonía verde es rota por un sendero amarillento que, saliendo de la fábrica o almacén, serpenteando,  se hunde en la espesura. Cuando parece que ya no hay más que ver, y tu ojo también reposa, descubres lo esencial: la luz que lo impregna todo, que hincha el  espacio indefinido  que no cubre ninguna de las cosas mencionadas. Es cálida y enciende suavemente los reflejos del caserón, el  humo de las fábricas, las lonas de los veleros, las nubes, casi bruma, del cielo, los destellos blancos de las olas, la reluciente camisa de uno de  los pescadores.


Ahora te toca a ti. Imagínate allí, con tu cámara y tus objetivos. Sin duda, un gran angular, una ratio  de 4:3, una apertura moderada, quizás un f.8 sea la adecuada (habrá que probar), una velocidad baja para captar la brisa y el oleaje, por lo que necesito un trípode. Mejor hazlo con visión directa y observa el histograma para cubrir todo el rango luminoso. ¿Punto de vista bajo, normal o picado? Mejor un poco bajo, sin ser excesivo para que la silueta de las casas y campanarios no se oculten. No te contentes con una sola toma. Muévete, sube, baja la cámara, cambia de objetivo, prueba con una apertura mayor para que el fondo quede menos definido. Prueba, prueba,  prueba. Pegúntate: ¿qué pasaría si..? Una hora para fotografiar este lugar es poco, acaso necesites una tarde entera. Probablemente tengas que volver mañana porque, al  observar las tomas en el ordenador, te das cuenta de que se te pasó el mejor momento de  luz.

El segundo de los cuadros de Armand Guillaumin, que examiné, era un autorretrato. La iluminación…

-No, no. Todo esto son deberes que DuChemin me imponía a mí.

- Pero no me negarás que este es un bello hobby, en el que el tiempo se pasa “bellamente“- Vives el momento como si fuera eterno. A mí me recuerda el ensayo de Unamuno: “El perfecto pescador de caña”.

Estos afanes me traía yo ayer por la tarde cuando me despierta de ese estado  semi-hipnótico una llamada telefónica.

-Dígame?

-Si…, mire… ¿Es usted Don Eugenio Garrido Martín? Al otro lado hay una voz femenina, joven,  un poco atiplada, pero  agradable. La noto nerviosa, como quien tiene que dar un recado urgente

-Sí, qué desea.

- Le llamo de…  (La compañía de seguros de mi coche). (Va a recordarme que este mes tengo que pasarle la ITV).

-Sí, tengo mi coche asegurado con ustedes.  También estoy afiliado a su póliza de salud.

- ¡Ah! ¿Sí?...  Entonces, le puedo ofrecer otro producto.

-No suelo contratar servicios por teléfono. Cuando los necesito los busco.

-Pero, ¿no quiere escuchar lo que le puedo ofrecer?

Llegados a este punto, cada relativamente frecuente, suelo decirles: si no quiere perder su tiempo es  mejor que lo dejemos aquí.  Pero ayer no lo hice.

-¿Qué me propone?

-A ver, tiene usted más de 65 años?  (Sin duda notó que mi voz no era tan joven como la suya).

-Sí, muchos más. 78 años.

- Pues, puedo ofrecerle un seguro de decesos.

-¿Cómo?

- Pues, un seguro para cuando se muera. 

A través del auricular del teléfono oigo el  tecleo de alguna clase de aparato. Luego interpreté  que era  de una calculadora.

-Mire, le puedo ofrecer un seguro de decesos por  5.163 €. Pagados de una sola vez. Nosotros nos encargamos de todo. Usted no tiene que preocuparse de nada: funeraria, tanatorio, flores, crematorio…

-No, no me interesa.  Prefiero gastarme esos cinco mil euros en vida.

-Pero, insiste, imagínese que usted paga ahora  cinco mil euros, y  si se  muere, supongamos, dentro de 10 años, seguramente le costaría su entierro  unos 10.000. Se habría ahorrado cinco mil.

-No, no. Perdone. Prefiero disfrutar en vida  esos  cinco mil euros.

Mi imaginación, irónica, me escenifica levantándome del féretro y preguntándole a los enterradores: ¿Con IVA o sin IVA?

En un momento determinado me desubiqué  en parte, para que nadie me tratara como pasado; de alguna manera, muerto, cuando yo, en cambio, creía que tener por delante un tercio de mi vida. Ahora me plantan en las narices mi muerte, mi carencia de futuro.

No se trata  de negar la realidad. Cada año que cumples es uno menos que te queda. Pero eso es desde que te concibieron.  Me parece un disparate, una falta de tacto y un pésimo comportamiento psicológico el recordarle  a la gente que ha de morir. En su tiempo esto se utilizó como método de subyugación. Hoy, con demasiada frecuencia, es el ambiente que crean a las personas que consideran viejas.

 No, y no, y no. No es que se tema a la muerte, no se trata de eso.  Se trata de aprovechar cada uno de los momentos, regodearse en él, sentirse bien, experimentar que siempre tienes valor y hacer cosas dignas de valor. Es difícil zafarse de ese placaje del ambiente. Mientras mi entrenador, que soy yo mismo, diseña la jugada  de estrategia, seguiré con los retos que cada día ve va poniendo la fotografía: la cámara y el Photoshop.

-¡No te… fastidia! ¡Despertarme de mis contemplaciones artísticas para ahorrarme cinco mil euros  cuando, supongamos, me muera dentro de diez años!

lunes, 17 de noviembre de 2014

BANDURA, EL PSICÓLOGO MÁS EMINENTE DE LA ERA CONTEMPORÁNEA


Había terminado de dar un seminario sobre el testimonio infantil. Al finalizar, era ya casi de noche, Antón Aluja, quien organizó el seminario, me llevó a cenar a uno de los chiringuitos del Puerto de Barcelona. Pudo, incluso, que, por deferencia, fuera uno que llevaba el nombre de Salamanca.  Antón es psicólogo de la personalidad. Cuando uno ha de charlar con una persona termina hablándose de lo que se tiene en común.  En este caso, hasta entonces, lo que teníamos en común era la psicología, que ambos enseñábamos.

Sí, ya he dicho que Antón es psicólogo de la personalidad, la rama de la psicología que trata de explicar y medir los rasgos que nos singularizan. Es curioso que traten de buscan la singularidad manteniendo la existencia de ¿cinco, cuatro, dos, veinte...? rasgos básicos desde los que nos definen. Evidentemente, las combinaciones cuantitativas de esos rasgos son tan grandes que cada uno termina siendo "una" personalidad.  Aunque, en realidad, al final, se clasifica por la introversión o extroversión, la mayor o menor ansiedad, el grado de asumir responsabilidades. Y, también, en la práctica, todos los extrovertidos se comportan  de la misma manera. Desde estos supuestos, el resto ya es coser y cantar: se elaboran unos test  de personalidad que miden esos rasgos básicos.  Y, luego, por el simple hecho de haber contestado a unas cuantas preguntas, determinan lo que ha sido y será tu vida. Porque los rasgos de personalidad son estables e indiferentes a tiempo o circunstancia o no son rasgos de personalidad. Los más osados sostienen que son innatos o heredados, como el color de los ojos o las arrugas de pabellón  de la oreja.

Y como esto era lo que teníamos en común, la conversación, poco a poco fue centrándose en este tema. Probablemente se originó después de una expresión mía en la que expusiera mis dudas o mi negación de  los rasgos de personalidad. Más allá del origen del tema de conversación, los dos terminamos defendiendo nuestras posturas con un cierto acaloramiento, acaloramiento entre amigos. Llegamos a retamos apostando por quién era el psicólogo que más había influido en la psicología. Como criterio objetivo elegimos las referencias bibliográficas. Antón afirmaba que Eysenk, yo que Bandura. Aunque las relaciones personales continuaron durante algunos años, no recuerdo que ninguno de los dos presentará las pruebas de  sus afirmaciones.

- Pues, vaya Eugenio, ¿cuántas veces has defendido lo mismo?. En esto eres inamovible. ¡Como para no creer en los rasgos de personalidad!.

- ¡Ese es un golpe bajo! ¿Te recuerdo que yo era psicoanalista hace muchos años?. La ciencia, amigo, la ciencia, y no las imaginaciones. Porque la tierra se mueve alrededor del sol.

Sí recuerdo cómo Saari, a comienzos de este siglo veintiuno, afirmaba que una de las teorías, que habían cambiado la psicología de los últimos treinta años, era la cognitivo social de Bandura. Así mismo recuerdo que en 1991 se publicó un estudio, basado en encuestas a historiadores de la psicología y a directores de Departamento, a los que se les preguntó que nombrarar a los psicólogos más influyentes de la historia y de la actualidad.  Entre  los contemporáneos, Skinner ocupaba el primer lugar, tanto de los historiadores como de los Directores de departamento. Bandura era el séptimo para los historiadores y el segundo para los Departamentos.

Esta mañana, como de costumbre, abro mi correo para ver si alguien se acuerda de mí. Jaume  Masip me había puesto el siguiente mensaje: "estarás contento", a su lado un emotipo sonriente. No podía sospechar a qué pudiera referirse. La respuesta estaba en el siguiente link, que me adjuntaba: http://digest.bps.org.uk/2014/11/who-are-most-eminent-psychologists-of.html. Si tienes la  misma curiosidad que tuve yo ábrelo.

Es una página de Research Digest. Su título : Quienes son los psicólogos más eminentes  de la era moderna. Verás una foto de Bandura. Abre el artículo con la siguiente afirmación: Hace doce años el conductista B.F. Skinner presidía la lista de los 100  psicólogos más eminentes del siglo veinte, seguido de Jean Piaget y de Sigmund Freud. Ahora, el equipo dirigido por Ed.Diener ha utilizado sus propios criterios para elaborar la lista de los 200 psicólogos más eminentes  de la era moderna (i.e. gente cuyas carreras se desarrollan principalmente a partir de 1956). Aquí están los "Top 10": Albert Bandura, en el primer puesto, Jean  Piaget, Daniel Kahneman, Richard Lazarus...."

Si quieres conocer qué criterios han utilizado, lee el artículo. Aunque ya te los imaginas.

- Jaume tenía razón: me alegré y le mandé un correo a Bandura felicitándole.

Jaume me lo envió porque sabe de mi amistad con la persona y por mi identificación con sus teorías, una de cuyas pruebas es el título de este blog. También me alegro por mis alumnos que, como me enviaba sus manuscritos antes de publicarlos, estuvieron siempre al día de la mejor psicología científica.

lunes, 29 de septiembre de 2014

¿ENSEÑANZA O SECTARISMO?


- Si quieres que un alumno deje de fumar, que imparta una clase  convincente sobre los peligros del tabaco a sus compañeros del curso inferior..

Haber contado mi experiencia de abandono del tabaquismo severo, pudo suscitar la conclusión :  si él ha podido, yo también. Eso espero. La comparación con los semejantes esuna potente herramienta para generar autoeficacia.

Su creencia  debió durarle poco. Vendido por la sinceridad, o la imprudencia, narraba  yo también cómo mi intento de dieta saludable  para bajar peso duró mientras preparaba un curso sobre conductas saludables. 

-¡Por cierto!, (siguiendo con mis imprudencias) hoy peso ya dos kilos menos que cuando escribí el tema anterior.

-Uno más que sufre el  desasosegante método de la goma: adelgazar, engordar, adelgazar de nuevo y engordar después. Se carece de fuerza de voluntad para mantenerse. La comida es la droga que mas dependencia crea  porque no puede alcanzarse la abstinencia plena.

El planteamiento del último tema, sin embargo, sobrepasaba las anécdotas y preguntaba si  los docentes e investigadores( en psicología)  imaginamos una teoría, ponemos los medios para que esa teoría se cumpla, incluso en las investigaciones, y luego las exponemos y nos exponemos como ejemplo de su cumplimiento.

-¡Evidente! Tu vuelta al blog sobre autoeficacia te ha obligado a demostrarte que la autoeficia funciona.

¿Por qué no reconocer que la idea me desasosegó durante algunos días?  La hipótesis  plantea un reproche moral a los docentes, al menos,  de psicología. ¿Enseñan, con mayor o menor entusiasmo, unos procesos de cambio  conductual que no tienen más fundamento que sus propias ocurrencia?. ¿ Pretenden que sus ocurrencias sean utilizadas por sus alumnos  en su futuras intervenciones profesionales ?. Si esto es así, cada profesor de psicología está pretendiendo crear una secta.

No me cuesta imaginar a un filósofo levantándose  puntualmente a la siete de la mañana, sacar de su cajón uno  o varios folios en blanco y decirse a sí miso: hoy  y los días venideros me centraré en el concepto de la libertad humana. ¿Cuándo me siento libre y cuándo  coaccionado? ¿Qué es lo que me hace sentir libre? ¿Qué siento cuando vivo libremente? ¿Cuándo la gente que conozco o que me rodea o a la que leo  afirman sentirse libres, medio libres o nada libres?.  En definitiva: ¿en qué consiste la libertad?. Es un ejercicio mental demasiado arduo, en verdad.  Pocas cosas intimidan tanto como un taco de  papeles en blanco llamando a ser cubiertos de ideas o propuestas.  Pocas tareas tan difíciles  como  agrupar  y relacionar experiencias y conocimientos  para  convenirse  en una conclusión que, alcanzada, se convertirá en su dogma personal, y dogma "evidente" para los demás, como dogma evidente ha de ser el  canon a seguir por personas e instituciones. Ha creado una doctrina y, si con facilidad, una secta de seguidores, comenzando por él mismo.

- ¿Es esta, Eugenio, tu concepción de la filosofía?

-  Pues... No sé si tiene algo de caricatura. Creo que nada.

Era yo muy joven. Mi primera formación universitaria fue en filosofía pura (¡qué curiosa la denominación de filosofía pura, ¿verdad?). Cuatro  licenciandos, desconocidos entre sí,  esperan en un claustro, ante a la puerta de una aula, a que lleguen cuatro profesores (no necesariamente sus profesores). La tensión se desprende como electricidad estática. Arrastran los pies, miran al cielo o al suelo, no al infinito porque están entre cuatro paredes. A veces se les ilumina la mirada porque acaban de recordar la teoría subjetivista de Gentile. En una hora se juegan la licenciatura perseguida durante tres años. Los esperan no sabes a quién esperan.  De pronto, al doblar de una esquina, aparecen, conversando desenfadadamente, tres profesores de la Facultad. Dos te han dado clase, un alivio, a los otros dos los conoces de oídas e ignoras de qué te puedan examinar.

Es un juego de las cuatro esquinas: cada profesor se aposenta en la silla que hay detrás de una mesa, justo en las esquinas, cuatro esquinas. Lejos, para no molestar a los otros examinandos mientras responden. Es verano, exactamente el 3 de junio de 1962 a las cuatro de la tarde,  el sol penetra  por las ventanas, las cierran dejando pasar sólo su resplandor por las rendijas de las contraventanas de madera. La luz, de repente, se ha convertido en semioscuridad a la que tu pupila se irá acostumbrando. Cada uno de los examinandos de aquella reválida de toda la filosofía (como Vicino: De omne res cognita) son llamados, distribuidos y situados frente a frente, emparejados uno a uno con su  primer examinador. Durante quince minutos has de responder satisfactoriamente a sus  preguntas. Pasado un cuarto de hora, a la voz del profesor con más autoridad, los alumnos se levantan, y, siguiendo el movimiento de las agujas del reloj, pasan a la silla de la esquina a su derecha,  allí le espera su siguiente examinador. Cada quince minutos se oirá la voz de cambio. Una puesta primera y tres cambios sucesivos. En el primer rincón  estaba mi profesor de psicología racional. Me conocía porque le había pedido que me dirigiera la tesis doctoral. Me conocía demasiado. La primera pregunta en la frente: sabía que, por mi formación anterior, yo debía defender una postura sobre la inmortalidad del alma que él no compartía. Yo le respondí lo que él esperaba oír. Tanto que su siguiente frase fue "tu subito places mihi.  El segundo me preguntó sobre las relaciones de la filosofía con la ciencia, el cuarto sobre teodicea. El tercero era mi profesor de ética. Pos más señas, era tuerto y sin parche de pirata; era difícil adivinar de dónde le salía su mirada.

Ya de puestos... Cuando te opones a escribir tienes en mente el tema y lo argumentos, pero no la forma precisa de exponerlos. La escritura se convierte en una  especie de test de asociaciones en el que vas analizando cuáles te valen para tu argumentación y cuáles no. Pretendía yo describir el método deductivo del filósofo para diferenciarlo del psicólogo científico. Mi descripción del método filosófico se me imaginó caricaturesca. Pero me dije: ¡qué caricaturesco ni qué cuentos!. Ahí surgió la idea de probarlo y el recuerdo juvenil de mi examen de reválida "de toda la filosofía".

Pues ya de puestos... el tercero era mi profesor de ética: De Lanoise, francés y tuerto. En la Universidad, con motivo de la onomástica de Santo Tomás, que por entonces era el 7 de marzo, se encargaba a un profesor que preparara una disputa académica al estilo  de las "disputae" medievales. Es decir, con mayor, menor y conclusión: ad majorem, ad minorem, adqui, ergo.

A mediados de febrero de 1962, al salir de una clase de Crítica Filosófica, me llama a parte el profesor: Morandini.  -Quiero que venga a mi habitación. Aquello tenía visos de un juicio, pues nunca un profesor llevaba a un alumno a su habitación particular. Desde el claustro de entrada, donde estaba el aula de Crítica, hasta el tercer piso, donde tenía su despacho mi  buen "padre" Morandini, fuimos hablando de cosas triviales. Llegados a su habitación me manda sentar en la silla  colocada frente a la suya, con su mesa de estudio marcando la distancia.  Se puso serio y me dijo: "El Rector me ha ordenado que prepare la disputa medieval del día de Santo Tomás".  Me temí lo peor: que yo fuera uno de los actuantes. Y mis temores se cumplieron al instante. Tenía que ser uno de los tres objetores a la tesis de otro alumno, del que no me dijo su nombre.  "La tesis que se va a defender es la imposibilidad de la existencia de imágenes sin ideas", la tesis tomista. De repente me vi  en el aula magna, un anfiteatro de mármol blanco  y bancada de nogal, repleto de profesores y alumnos (más de dscientos) concentrando sus miradas en mí. ¿Lo imagináis?. Confieso que sentí pánico. -"No, de ninguna manera, Profesor, no me siento capacitado para eso"- Pero yo le he elegido porque creo que es de los alumnos más capaces que tengo y unas cuantas alabanzas más que ahora no recuerdo.  - No, profesor, volví a responder. El que sí y yo que no. Al final terció y me dijo: "Piénselo durante esta semana y en la próxima volvemos a hablar".

Salí de su habitación muy perturbado. No me podía estar pasando aquello. Los pisos donde estaban los despachos de los profesores eran  corredores largos que circundaaban todo el cuadrángulo de lo que era el edificio central de la universidad. A un lado y al otro las puertas de los despachos   Eran largos y, en aquel momento, me pareció interminable la casi cuarta parte  de uno de ellos que habría de recorrer hasta llegar a la escalera principal. Despacio, muy despacio caminaba yo, que nunca subía las escaleras de una en una. "Soy un cobarde"; "qué me va a pasar a partir de ahora", "cómo me he atrevido a decirle que no". ¿ideas sin imágenes?... Al fondo del pasillo largo, muy largo, más allá de la escalera principal, habían un aula pequeña donde se impartían  seminarios especiales. No sé por qué no me atreví a bajar las escaleras. Me refugié, me escondí en aquel  pequeño rectángulo. Estaba solo y lo recuerdo todo oscuro. Cerré los ojos y me quedé pensando: ¿ideas sin imágenes?...  Como si hubiera tenido una iluminación, comencé a argumentarme y contra argumentarme, basándome en los conceptos morales que difícilmente tienen una representación icónica.  Pensaba en la doctrina tomista y las que la contradecía, oía mentalmente la respuesta a mi argumentación, que yo volvía a argumentar; de nuevo una respuesta ortodoxa y de  nuevo mi contrarréplica. Así hasta cinco turnos de ad majorem, y de ergos. Abrí la puerta del seminario, no bajé las escaleras sino que, en segundos, volví a repicar en la puertas del despacho de mi profesor Morandini. -¡Sí, acepto! La cara se le mudó, no podía haber cambiado de parecer en tan poco tiempo. - ¿Y cuáles  son sus argumentos?. Trabucándome, porque las palabras no se acompasaban con mis  ideas, le espeté el rosario de atquis y ergos. 

Mi argumentación era exactamente contraría a la defendida por mi profesor de ética, francés y  tuerto.  No es el momento de narrar el desarrollo del solemnísimo acto académico. Solo diré que al terminar se me acerca Morandini y, además de felicitarme, me pregunta si había visto la cara que ponía De Lanoise. ¡Cómo para ver caras estaba yo!. Aunque , en verdad, la dificultad la encuentro en preparar  la argumentación, son los momentos de duro trabajo mental. Realizado el esquema, la exposición suelo disfrutarla mucho. Aquella no fue una excepción. - Le ha hecho pensar con sus argumentos, me dice Morandini.

Y el tercero era mi  tuerto, profundo y claro  profesor de  ética, De Lanoise. Aunque haya parecido lo contrario, yo le tenía mucho respeto. Mis compañeros también. Me identificó, ya lo creo. Y también, como mi profesor de Psicología Racional, me pregunta por lo que yo había defendido en el solemne acto en el que él, a decir de Morndini, había cerrados sus ojos, (porque el tuerto también se cierra  cuando los tuertos cierran los ojos). Naturalmente le contesté lo que él quería oír: su doctrina.  Insistió con varias preguntas paralelas a mis argumentaciones en el día de Santo Tomás. Yo defendí siempre los argumentos de la ponencia.

Este relato, que aduzco como prueba, no debe terminar suponiendo que yo salía aliviado después de haber pasado por las preguntas que se me hicieron en las cuatro esquinas.  Sí, salía relajado porque había contestado a todo y, por fin, la hora fatídica, una hora entera fatídica, había terminado y con ella aquellos mis primeros estudios universitarios.  Al salir por la puerta y cegarme la luz que entraba por las ventanas del claustro me percaté de la silueta a contraluz de Morandini.  Me sorprendí, pues no era habitual. Me buscaba solamente a mí. A mis tres compañeros de horario no les esperaba nadie.

-Le ha tocado el Profesor De la Noise.-Sí -¿Qué le ha preguntado?.- Sobre la representación imaginada de las ideas - ¿Usted, qué le ha contestado? - Lo que expone en sus escritos.- ¿No defendió Ud. sus ideas?. - No -¡Sólo por esto merece Ud. una matrícula de honor. O bueno, ya que todo se decía en latín, "Summa cum Laude".

Era media tarde, una tarde calurosa, con un azul tan encendido que brillaba como blanco.  -¿Tiene algo que hacer?, me preguntó. -No, le respondí.  El jesuita me llevó a su habitación, yo a un  lado de la mesa y él en frente. -¿Fuma?- Algo.-No debemos hacerlo, me contesta. Abra el cajón que la  mesa que tiene de su lado.  Lo abrí y allí tenía unas cuantas cajetillas de tabaco.  Charlamos sobre mi futuro y me contó algunas cosas de su vida.  No volví a verlo.

Pues parece que mi visión de la metodología filosófica no era caricaturesca: había que elegir entre la doctrina de la ponencia o el suspenso.

Sinceramente, cuando me imaginé al filósofo levantándose a las seis de la mañana y escribir sistemáticamente todos los días, tenía en la imaginación la idea de  otro personaje, que a esas horas creaba su propia teoría pseudopsicoanalítica  y que tres o cuatro horas después imponía como dogma a sus discípulos descalificando sin pudor, incluso con nombres, a otros colegas que hacían una psicología experimental.

No tengo preocupación moral alguna porque mi docencia ayudara a mis comportamientos o que  aumentará mi autoeficacia para modificar mis conductas. No se trata de ninguna postura visionaria sin fundamento científico. La teoría cognitivo social  ha tenido siempre un compromiso con la experimentación, por algo nace de dos años de formación en los cursos de doctorado de Spence. Por eso pude escribir en su día  el artículo: Bandura, Voluntad científica.  Nada debe llevarse a la práctica si previamente a) no se ha demostrado  que funciona, b) cuál es el componente , de todos los que suelen utilizarse en una intervención, que más aporta  a esa intervención exitosa; c) cuál es el proceso psicológico que la explica. Estos fueron los tres principios programáticos que llevaron  a descubrir la autoeficacia como proceso  psicológico de toda terapia en contra de otros métodos más populares y difundidos que se mueven por tentativas.

Esto se ha alargado demasiado, y yo me he apartado de mi idea original: también la disonancia cognitiva es eficaz en la medida en que genera autoeficacia. Es un modo de persuadirse uno a sí mismo de que es capaz de dejar de fumar o permanecer fiel a una dieta saludable. Me emplazo a exponer esta nueva hipótesis de trabajo en el mes de octubre. Mientras tanto  seguiré con mi dieta equilibrada para bajar peso. Hace dos días, comprándome una chaqueta de invierno me llamaron gordo.- Te espero para dentro de dos meses, me dije para mis adentros.

lunes, 25 de agosto de 2014

¿INFLUYE LO QUE SE ENSEÑA SOBRE EL ENSEÑANTE?

 

No era la primera vez que me proponía dejar de fumar. Creo que la tercera. El penúltimo intento había durado cerca de un año. Más de los seis meses que, según los especialistas en tabaquismo, dura el estadio de la acción.   Según Prochaska y DiClemente me había instalado ya largamente en  el de mantenimiento.

Mientras esperábamos las interminables tres horas que los opositores, encerrados en la Biblioteca que el Consejo de Investigaciones tenía en la Calle del Jesús, emplearían en los ejercicios prácticos  de la oposición para la docencia universitaria, sus acompañantes nos reunimos en un bar cercano. Nada más iniciar la aburrida e interminable espera, alguien sacó un paquete de tabaco y  ofreció a los demás. "Llevo un año sin fumar", le respondí.  La mano quedó tendida, la solapa de la cajetilla abierta, las boquillas marrones  apuntándome. Sólo había que introducir la mano y coger un único pitillo. La  introduje. Aquella misma tarde consumí otros cuentos más.  Mi hábito de fumar se restableció.  A los pocos días, ya me fumaba tres cajetillas diarias.

A finales de 1977 me llegó un regalo inesperado. Bandura acababa de enviarme un artículo  publicado en otoño de 1976: Self-reinforcement: theoretical and methodological consideration. (Bandura, 1976). Hablaba de modificación de la conducta mediante los refuerzos que uno se aplica a sí mismo. Se trataba de conductismo, porque la conducta se explicaba por los refuerzos o gratificaciones seguidas a su ejecución. Aunque  había propuestas novedosas para mí. Hablar de conductismo generalmente era hablar de experimentos con animales cuyos resultados se transportaban  a la  persona. Algo esencial  para el conductismo era, por ejemplo, el tiempo (corto en desmesura) que debía transcurrir entre la ejecución y la  gratificación o el castigo. En el escrito de Bandura entendí que la asociación entre conducta y gratificación estaba en la mente, que elige qué conducta gratificar o castigar aunque hayan pasado incluso días. También aprendí que los refuerzos no son universales, sino  personales. No todos se mueven por comida o dinero, sino que cada cual tiene sus preferencias.

Como ejemplo   proponía el hábito de fumar. Quise probar si los refuerzos personales me ayudarían esta vez. Elegí el momento: el día siguiente; elegí la gratificación: lo que me gastaba diariamente en tabaco (36 pesetas); también el momento y lugar donde depositarlo: al acostarme,  introduciendo las monedas en un vaso de plata que Torrente Ballester había regalado a mi hija pequeña por su nacimiento; elegí un destino para ese dinero: un regalo para la persona que más quería.  Dejé la cajetilla de Mencey, que tenía empezada, sobre la mesa del salón. A su lado, un mechero de plata, regalo de la  época de noviazgo, que aún sigo echando de menos.

Era el 12 de febrero de 1978. Al acostarme deposité las  primeras monedas en el vaso. La plata me sonó distinta que otras veces. Al día siguiente también  las deposité. Y al otro, y al otro.  Cada   depósito me producía orgullo personal que me animaba a esperar el sonido la noche siguiente.   Las monedas dejaron de sonar cuando, a finales de marzo, nos trasladamos, por primera vez, a la Universidad de Stanford para un cuatrimestre. Allí  no había vaso de plata ni pesetas. Tampoco hubo  más pitillos en mi vida. Hasta hoy.

¿Qué fue lo que produjo en mí el cambio definitivo en el hábito del tabaquismo? ¿Estaba más motivado que otras veces? ¿Quería demostrarme que la Psicología que enseñaba era eficaz? Acaso, ¿el simple hecho de monitorizar mi conducta? ¿O el haberme propuesto metas de abstención absoluta en lugar de moderar mi consumo de tabaco? Más sencillamente, ¿había cambiado mi idea de que una adicción se puede modificar?

Con estas palabras iniciaba yo, hace año y medio, mi última intervención en un máster sobre comportamientos saludables en la Universidad de Sevilla.  Mientras lo preparaba, para demostrarles la potencia de la autoeficacia, me propuse adelgazar tres kilos que me sobraban. También lo conseguí.  Conclusión: si yo lo había conseguido ¿por qué otros lo lograrían?.

Pero hoy, dos años y medio después mi peso sobrepasa al que se mostraba  en la primera fecha de la gráfica de hace año y medio. ¿Es que me siento  menos eficaz ahora que antes? ¿Es que, como dice el refrán, una cosa es predicar y otra dar trigo?

Un médico de salud primaria me espetó esta pregunta cuando realizábamos un trabajo sobre la prevención del tabaquismo en las escuelas:

- ¿Qué harías tú para que un chaval de 12 años no se inicie en el tabaquismo?

- Que imparta una clase  convincente sobre los peligros del tabaco a sus compañeros del curso inferior.

El tema me parece lo sufrientemente interesante como para retomarlo en el próximo mes.

¿Tiene alguna explicación que ahora vuelva a retomar el tema mensual del blog?. Creo que sí. He reflexionado sobre el tema.

martes, 7 de enero de 2014

ASESINOS EN SERIE. ¿POR QUE SE LES NIEGA LAS OPORTUNIDADES?



Comienza a caer la tarde. Pisando la  grava que sustenta los travesaños de las vías, oculto tras un pasamontañas negro, un hombre camina deseando no ser reconocido.  Una persona joven le  acosa y grita a una distancia prudencial. El seguimiento es perseverante.  El encapuchado, desoyendo aparentemente las voces de su perseguidor, sigue su camino balanceándose al ritmo desacompasado que le impone el balasto que pisa.  El perseguidor mantiene la distancia y los gritos.  Inesperadamente,  el encapuchado se vuelve y recrimina a su perseguidor. Exhibe agresivamente un garrote , amenaza al quien le sigue exigiéndole que  le deje en paz. 

Al día  siguiente nos  enteramos de que el encapuchado era Miguel Ricart, uno de los asesinos de las niñas de Alcasser. Sin dar lugar al respiro, todos los telediarios fueron mostrando su rostro actual: medio calvo, con las mejillas enrojecidas y una mirada azul penetrante. Supimos que estuvo encerrado en una pensión en la que se comunicaba solamente con sus dueños, que protegían su privacidad. ¿Quizás para que nadie robase la exclusiva a los periodistas que le habían traído para exhibirle como animal de circo?.  Luego se le vio camino de la Estación de Atocha, custodiado por la policía.  Pasa los controles de seguridad y sube a un tren con destino a Barcelona. Finalmente huyó a Francia. 

Perdón, sigo buscando su nombre en la red y encuentro que fue expulsado de una pensión en Gerona y de otra en Barcelona, que una de las noches durmió en las  vías del tren. Sí, parece que ya está en Francia, pero con dificultades para poder recibir los 400€ a los que tiene derecho porque n o encentra residencia.

Ricart no fue el único asesino favorecido con la anulación de la doctrina Parot. Como él lo fueron: El Violador del Ascensor, El Violador del Portal, el Loco del Chándal... Acabo de ver una lista en la que aparecen otros cinco depredadores sexuales, (como se les llama ahora, tiempo de  eufemismos), favorecidos por la sentencia del Tribunal de Estrasburgo.

Expertos criminalistas y forenses han inundado los espacios televisivos advirtiendo de su alta probabilidad de reincidencia. La gente exige conocer su aspecto actual y poder identificarlos. Por doquier han aparecido sus caras actuales o su posible evolución, determinada por complejos programas informáticos. En Valladolid las mujeres tienen miedo a salir a la calle, también en Burgos y en algún barrio de Barcelona. En Almadén de la Plata, acaudillados por su Alcalde, los vecinos impiden a Manuel González González que regrese a la casa de su propiedad y busque cobijo en la de sus familiares. Los hijos de Valentín Tejero no quieren ni ver a su padre. Las Fuerzas de la Seguridad del Estado, bajo el "consejo" y permisión legal de las autoridades policiales y fiscales, les están siguiendo muy de cerca para saber en todo momento dónde están y qué hacen: como el ojo de Dios, que todo lo ve, tienen el objetivo siempre enfocado y nítido.

¡Esto es una locura colectiva!. La probabilidad se ha convertido en certeza y ésta en la negación del derecho a vivir a personas que han cumplido sus condenas y que, según las leyes, deben vivir fuera de la trena, porque ya han satisfecho legalmente la pena que se les impuso. ¿Pero dónde? ¿Co quién? ¿De qué y cómo pueden subsistir?.

-Eugenio, ¿estás defendiendo a estos carroñeros?. ¿No es verdad que tienen una alta probabilidad de repetir las agresiones sexuales?.

-Estoy defendiendo simplemente el derecho a que puedan vivir y PUEDAN demostrar que no NECESARIAMENTE volverán a cometer los mismos delitos.

Además no sé de qué os extrañáis. No es la primera vez que en este blog grito contra quienes dogmatizan  sobre la imposibilidad de cambio en los encasillados como psicópatas.

La pregunta sería tan sencilla como ¿por qué otros sí pueden cambiar  hábitos muy arraigados en sus vidas y estos no?. No es nada fácil dejar de fumar, hacer ejercicio diario, proponerse metas y cumplirlas,  llevar una dieta sana, tratar de hacer las cosas lo más perfectamente que se pueda. Nada importante en la vida se consigue sin esfuerzo y sin caídas y recaídas. Muchos, muchísimos caen pero, como diría Marlatt de los alcohólicos, hay que concienciarles desde el principio de que las recaídas son frecuentes y que las deben reconocer sin asumir lo que denomina el efecto AVE (Abstinence Violation  Effect: Efecto de  la violación de la abstinencia). Sólo la conciencia de que la recaída no es más que un paso hacia la recuperación definitiva, es un  gran avance para abstenerse definitivamente del alcohol o  la nicotina.

A muchos les es basta con una experiencia  de consecuencias negativas para que se decidan y se juzguen capaces de dar un giro a sus vidas. Volvamos al caso de las niñas de Alcasser. La policía y las investigaciones periodísticas nos han convencido de que Ricart no fue el cerebro de la operación, sino Antonio Anglés, del que se dice que se halla "en paradero desconocido". No parece que haya vuelto a cometer crímenes tan horrendos como los de aquella nefasta noche. ¡Ya sería casualidad que durante varias decenas de años no se le haya pillado nunca, a pesar de la gran probabilidad que tiene de volver a cometerlos!.  Parece, pues, que pudo liberarse de aquella obsesión por violar adolescentes.

-Pero hay delitos a los que no puede concedérseles una segunda oportunidad.

-¿Quién está afirmando que a los violadores o asesinos en serie hay que concederles otra oportunidad ?. Lo que estoy afirmando es todo lo contrario, aunque parezca paradójico..

En los casos de ludopatías, alcoholismo, tabaquismo, peso excesivo, falta de ejercicio, diabetes, colesterol, infartos, etc. etc. etc. La sociedad  tiene en mente que las personas pueden salir de ahí. De esta manera se crea un entorno social y material (cognitivo conductual, lo llaman hoy los psicólogos, siguiendo la acertada denominación ofrecida por Marlatt y sus colaboradores) que les facilita otra clase de pensamientos y de comportamientos alternativos. La sociedad cree en su capacidad, en su AUTOEFICACIA para ayudar a esas personas a que se JUZGUEN CAPACES para abandonar el "vicio".

Pero en el caso de los violadores y asesinos en serie ni la sociedad se considera capaz de poder ayudarles ni cree en la capacidad de los sujetos de poder salir de su perversa maldición.  Y como no lo cree, le pone todas las condiciones para que tampoco ellos se lo crean y vuelvan a las andadas

Más aún, si por alguna "casualidad" llegaran a tener la idea de abandonar sus tendencias asesinas, la sociedad no se lo tolerará y le inducirá a que sus buenos sentimientos se conviertan en necesidad de venganza y, ¿por qué no?, de volver a hacer lo que  se espera de ellos.
La teoría de Sherman sobre la negociación para salir de la delincuencia, se fundamenta en la creencia mutua de no agresión. La sociedad negocia y pacta con el delincuente el castigo que este  debe asumir, además del  reconocimiento de su culpa. El delincuente aceptará su culpabilidad y cumplirá su castigo con la seguridad de que la sociedad olvidará de verdad su delito y le admitirá como un miembro más de la misma.  Caprara, años después, investigó cómo  esta teoría es eficaz siempre que el delincuente tenga la seguridad de que la comunidad no estará a la espera del próximo delito para imponerle castigo mayor. Si el delincuente no tiene este convencimiento, generará la  idea de que la sociedad, la comunidad alberga sentimientos de venganza, y, por lo mismo, él también siente necesidad de venganza y, bajo este convencimiento, cumple el refrán de que "quien da primero da dos veces", y es él, el delincuente, el primero que rompe un pacto que considera hipócrita. Y la sociedad ve comprobada su creencia.
Entre los peligrosos delincuentes que abandonan la cárcel por la abolición de la doctrina Parot, hay un caso llamativo: el asesino de Anabel Segura, la chica que hacía footing en la Moraleja una día festivo. Tanto durante el juicio como al salir de la cárcel, reconoció que "fue un negocio que salió mal". Parece que la sociedad encontró la explicación plausible y Emilio Muñoz desapareció de los telediarios. ¿Por qué es él la excepción?
El grueso de los beneficiados por la derogación de la doctrina Parot, no tienen conflicto con "su" comunidad, aunque no asesinaron por casualidad, ni jamás han pensado que hicieran un mal negocio del que deban arrepentirse.
Pensemos con calma. Pongámonos en su lugar. No deben tener rostro. Nadie, ni sus familiares directos, les acogerán, nadie les ofrecerá una salida digna para sus vidas. Sólo tienen una identidad,  sólo se espera de ellos que vuelvan a delinquir, sólo se favorece que cumplan con esa identidad, sólo se siente venganza y no perdón. ¿Qué salida les queda distinta a la de hacer lo que se les "pide que hagan" y para lo que se sienten autoeficaces?
No te equivoques, no estoy pidiendo oportunidades para delinquir, reivindico para ellos  que la sociedad les brinde la oportunidad de no recaer. Sigo manteniendo, como en nuestro libro "Psicología Jurídica", que el delito, como toda conducta humana, es, en gran medida, contextual.

viernes, 2 de agosto de 2013

FOTOGRAFÍA O CREACIÓN DE LA REALIDAD



PRESENTACIÓN

Tengo en mi acerbo emocional dos experiencias que concurren cada vez que, desde entonces, oigo música en la calle. La primera, la de más relieve, se ubica en el Barrio Chino (China Town) de San Francisco. Desde que nos introdujeron en él unos amigos californianos, enamorados de su colorido, vericuetos, mercadillos, restaurantes y aglomeración de gente inidentificable, nos gustaba frecuentarlo. Esta vez la visitábamos al atardecer, había desaparecido el bullicio y las luces titilantes de las joyerías estaban en penumbra, los reclamos, en forma de triángulo con bisagra, que invaden de día las aceras, estaban recogidos.  Era una China Town desconocida, más íntima.  Llegamos a pensar si no era una imprudencia continuar.

 Desde la Puerta del Dragón, por la que se accede, subíamos la empinada cuesta de la Gran Avenida Bush Street. De lejos venían sones de saxo. Era una música suave, sin torpezas, con sus soplos fuertes, arpegios rápidos, vibrantes y largos adagios. Sin duda se trataba de un profesional de jazz. En la medida que ascendíamos la música era más nítida. Seducidos, buscamos al mago del saxofón. Nos sorprendimos porque lo que creíamos uno eran dos.  Recostados en el suelo de la estrada a dos establecimientos cerrados, a unos veinte metros de distancia entre ellos, dos negros, de edad avanzada, dialogaban musicalmente.  Cuando uno finalizaba su mensaje, el otro le respondía y así en turnos que duraron más de media hora. No pudimos menos de detenernos, contemplarlos y acariciarlos con nuestra sonrisa de admiración. Ellos, sintiéndose apreciados, aceleraron el ritmo de sus diálogos. Nos consideramos afortunados por haber sido los únicos asistentes a aquella manera de presionar las teclas metálicas. Hicimos una reverencia de admiración y gratitud. Nos respondieron con una inclinación de cabeza sin apartar la embocadura de sus labios. Nosotros seguimos caminando. Ellos siguieron dialogando.

La segunda no se relaciona tanto con la música como con el baile. Tras largar horas de arrastrar la caravana por las carreteras del norte de Italia la aparcamos en uno de los campings cercanos a Venecia. No era la primera vez que visitábamos la ciudad, nuestros viajes por la Baviera o el Tirol solían terminar con la decisión de rodar uno o dos días más para acercarnos a la capital del Adriático. Atardecía cuando dejamos todo colocado en el camping. Nos sobraba algo de tiempo y decidimos subirnos al Vaporetto del Gran Canal y tratar de contemplar la Plaza de San Marcos iluminada. Desde donde nos dejó el Vaporetto hasta la plaza de San Marcos teníamos que caminar a lo largo del canal, sembrado de pequeñas plataformas de madera donde atracan las góndolas.  Las plataformas son una especie de entarimado sostenido, apoyado sobre varias estacas de madera a modo de palafitos. Se adentran en la laguna dejando a lado un pasea marítimo espectacular. De repente, en una de esas plataformas observamos a una pareja bailando tangos.  Se nos aparecieron a contraluz y podíamos seguir sus acompasados movimientos como formas chinescas sobre un telón azulado. A medida que nos acercábamos la cálida luz del atardecer, recostada sobre la superficie del Gran Canal, iluminó los ritmos de la pareja. Estaban vestidos de gala. Tarareaban la música de un tango a la vez que se rechazaban, se entregaban, se miraban, se abrazaban y se poseían sensualmente. El ruido de sus zapatos sobre la tarima del embarcadero marcaba el ritmo de sus movimientos. A veces cortaban, hablan y comenzaban de nuevo: repetían los pasos de piernas entrecruzadas. La envoltura de la luz del día en su momento mágico, los reflejos sobre el agua, los movimientos, la cadencia del taconeo y la casi imperceptible música detuvo nuestro pasear. Esperamos hasta que finalizaron. Les aplaudimos espontáneamente. Ellos, casi displicentes, nos miraron y se fueron. “Seguro que están ensayando para un concurso de tangos”, fue nuestra interpretación, nunca supimos si acertada. Pero, desde entonces, el recuerdo de Venecia está unido al tango bailado sobre el embarcadero de góndolas en un atardecer de finales de agosto.

Son dos experiencias que cambiaron mi visión de los artistas que trabajan en la calle. En ninguno de los dos casos nos pidieron dinero por el espectáculo. Otros sí lo pidan, no por eso dejan de ser artistas. Por eso , todo el respeto.

Respaldando este proyecto existe una concepción teórica sobre la fotografía como creadora de identidad personal, que se expone a continuación


 

 

FOTOGRAFÍA Y CREACIÓN DE LA IDENTIDAD

 

I. PRESENTACIÓN.

 Es mi propósito, en las siguientes páginas, presentar la fotografía como un medio de crear personalidades e identidades, o, al menos, modificarlas. Creo que es un punto de vista poco frecuente en los tratados de fotografía, especialmente la que recurre a las nociones que de la misma vertió Roland Barthes en La cámara lúcida (notas sobre la fotografía)[1].

Este planteamiento nuevo me arranca en una breve mirada a las teorías del punto de vista de la realidad. Lo que en términos orteguianos se llamaría perspectivismo. Esta presentación del perspectivismo transporta una doble finalidad. En primer lugar, la de mostrar cómo existiendo una realidad física más allá de la percepción del sujeto, esta nos se convierte en verdad si falta sujeto que la entienda, y que la entienda de la única manera que puede entenderla un sujeto: su perspectiva personal.

Mencionada, no más, esta postura desde la filosofía orteguiana, me adentraré en las explicaciones psicológicas de la construcción social de la realidad, pero solamente con la intención de advertir de que la realidad que de verdad dirige las acciones humanas es esa perspectiva, esa interpretación subjetiva. Las personas se relacionan con un mundo exterior no como él es (si es que existe de una manera absoluta, mostrenca), sino como el espectador lo interpreta. Pero en el buen entendido de que esa interpretación subjetiva no se limita al mundo que se extiende más allá de sus límites corporales, sino también y muy especialmente al mundo intra/sujeto. Y tal percepción propia penetra tanto que afecta a la propia imagen del observador. En psicología, especialmente en psicología social, se han estudiado los modos, los procesos por los que el sujeto pensante construye su verdad del mundo (tanto el exterior como el interior). Conocidols los procesos de construcción se poseen las herramientas para de/construir, trasformar o reconstruir la verdad sobre la realidad y sobre uno mismo.

En  este contexto teórico, tanto filosófico como científico-psicológico, ha de entenderse que lo que aparece en la fotografía del paisaje o de la persona, (del retrato del otro o del retrato propio[2]) puede llegar a convertirse en la identidad personal, por lo que, en sentido contrario a lo que dice Barthes, la fotografía no da muerte, ni es una anticipación de la muerte en vida, ni una confrontación con un pasado (instante) desaparecido, sino que, muy al contrario, puede ser el punto de creación de lo que será permanente en la propia conciencia personal, que, como diría Bergson, es la verdadera permanencia. Es sugerente el hecho de comparar el disparo de la cámara fotográfica con el  disparo del arma mortífera, como enfatiza Barthes. Pero no es mero sugerente comparar el disparo de la cámara fotográfica con el disparo a la inmortalidad (perpetuidad).

Inmortalidad en un doble sentido: en primer lugar, en el sentido de pervivencia, mientras el sujeto exista (persista), desde el momento en el que se identifique con su imagen (fotografía) y, en segundo lugar, en el sentido de que será la imagen que permanezca de la persona que existió: La Gioconda es eterna porque fue representada, y es misteriosa porque la mirada de su retrato despierta deseos, despierta (“aviva”) inquietud. Es decir, Gioconda es inquietantemente y vivamente inmortal.

Los músicos callejeros que yo he fotografiado con la intención de que sean vistos como “profesionales” de la música, de manera que mis fotografías pudieran equipararse (intencionalmente) a las que aparecen en los frontispicios de afamados teatros de la ópera o de renombradas salas de conciertos, pueden ser el comienzo de una nueva identidad de estos artistas que tratan de sobrevivir mostrando sus habilidades a quien pasa a su vera.

En todos estos sentidos, pues, la fotografía puede ser fuente de nuevas identidades personales.

Soy consciente de la envergadura del tema que estoy abordando. Trataré de confinarlo.



 

 

II. PERSPECTIVISMO ORTEGUIANO Y CONSTRUCCIÓN PSICOLÓGICA DE LA REALIDAD.

II.1 El perspectivismo orteguiano.

Para la presentación de las ideas de Ortega sobre el perspectivismo de las evidencias y, por ende, certezas de la realidad, me limitaré a transcribir algunos párrafos de su obra El tema de nuestro tiempo, en su capítulo 10.

La realidad cósmica es tal, que sólo puede ser vista bajo una determinada perspectiva. La perspectiva es uno de los componentes de la realidad. Lejos de ser su deformación, es su organización. Una realidad que vista desde cualquier punto resultase siempre idénticas es un concepto absurdo…De este modo, aparece cada individuo, cada generación, cada época como un aparato de conocimiento insustituible. La verdad integral solo se obtiene articulando lo que el prójimo ve con lo que yo veo, y así sucesivamente. Cada individuo es un punto de vista esencial. Yuxtaponiendo las visiones parciales de todos se lograría tejer la verdad omnímoda y absoluta (Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo, 1966).

 

Ortega y Gasset ejemplifica frecuentemente su perspectivismo con la percepción del pasaje,en concreto, con la percepción del paisaje de la Sierra de Guadarrama vista desde la ladera madrileña o segoviana o abulense. Se adentró mucho siempre en la historia de la pintura. A la que le dedicó el lúcido capítulo titulado: sobre el punto de vista de las artes.   

Un buen conocimiento de la toma fotográfica de un mismo paisaje hubiera ceñido aún más su perspectivismo, dado que cada fotografía, por esencia, es un encuadre, una selección del área que tienen plaza en el campo del objetivo, y, por lo mismo, necesariamente limitado, circunscrito. La fotografía, igual que la pintura, a la que tanta devoción y dedicación tiene Ortega a lo largo de sus escritos, regala un producto, la imagen, que pasa a formar parte de la perspectiva con la que en adelante se verá ese paisaje. Distintas fotografías de un mismo paisaje fotografiado desde distintos ángulos, con distintas iluminaciones, con campos de profundidad más o menos lejanos (Ortega y Gasset, 1966 a), terminan conformando la visión del mismo, ninguna es el paisaje total, pero entre todas forman la “verdadera” imagen del paisaje fotografiado.

El perspectivismo no contempla al sujeto humano como mero espectador de un paisaje o de una obra de teatro de la que no participa, el sujeto y su perspectiva conforman la unidad vital. De ahí que a Ortega se le clasifique por su vitalismo, el que se resume en su celebrada frase: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo a mí” (Meditaciones del Quijote).  Porque ¿cómo puede entenderse un ser pensante alejado de su pensamiento? Las actitudes, las opiniones, los valores, las preferencias, los modos de afrontar los problemas, la cultura, las relaciones, etc., son la esencia de la personalidad. Por eso lo acertado de la frase atribuida al Presidente Norteamericano Lincoln: los hombres somos iguales solamente en el momento de nacer.

II.2. La construcción social de la realidad, en la psicología social.

Dicho a bote pronto, la psicología social se especializa, dentro de las distintas ramas o áreas de la psicología, de las conductas que relacionan a unas personas con otras. Cuando otras ramas de la psicología abandonaron en exceso al ser humano, queriendo encontrar las leyes de su comportamiento en el análisis del comportamiento animal, la psicología social mantuvo al hombre y sus relaciones (al hombre y sus circunstancias) en el punto de mira de sus reflexiones e investigaciones.

Pero resulta difícil entender unas relaciones entre personas o de la personas   descontando sus representaciones mentales, las reconstrucciones mentales que de ellas se hayan hecho o se produzcan en el momento de relacionarse.

Existe, dentro de esta disciplina, una línea de investigación que se remonta a mediados de los años cuarenta (época en que se dice que apareció la psicología social científica) que se agrupa entorno a la teoría de la atribución.  La teoría trata de responder a la intrigante pregunta del porqué de la conducta humana: ¿por qué esta persona es agresiva, o amable, o se ha enojado? Y lo que es más intrigante aún: ¿cuáles son las causas por las que esa persona se ha comportado agresivamente, ha tenido éxito o fracaso es algo permanente o temporal, es imputable a algo interno a ella misma o a las circunstancias en las que se ha encontrado? En la respuesta a tales preguntas va la seguridad personal, porque lo que no ofrece respuestas inquieta y amenaza.

Primero se estudiaron los procesos mentales utilizados para atribuir las causas de la conducta, luego se clasificaron dichas causas. En este aspecto han de mencionarse nombres de psicólogos sociales como Heider, Jones y Davis y sobre todo Harold Kelley (1973) que construye toda una epistemología de la atribución de causas de la conducta. Weiner (1986) es el autor que hace una clasificación de las causas de la conducta que invadió todos los manuales de psicología. Durante los años 70 y 80 los autores se dedicaron a buscar los sesgos que cometen los sujetos al hacer estar atribuciones. El que más resonancia tuvo, por ser el artículo más citado en la psicología social de esos años es el de Lee Ross (1977), quien demuestra la tendencia a atribuir las acciones que observamos a características o propiedades intrínsecas la persona que las ejecuta, cuando en realidad suelen explicarse mejor por las circunstancias en las que estos se realizan. En los años 90 es este mismo autor quien formula la hipótesis del realismo ingenuo y egocéntrico como una tendencia general de la percepción social: tiende a pensarse que la conducta propia es la conducta común (el sentido común) de las personas normales en las mismas circunstancias.

Pero esto que se ha probado de distintas formas e intentos a los largo de los últimos 50 años en la psicología social referido al otro, Daril Bem (1972) lo demostró referido al perceptor, al sujeto mismo que percibe. Bem habló de la percepción propia de uno mismo basándose en la observación de la propia conducta.

No se trata de hacer una exposición histórica del tema de la construcción social de la realidad, lo que es lo mismo que decir de la construcción de la realidad con la que nos relacionamos. Se trata de fundamentar, desde la psicología social el de cómo, tal como afirmara previamente Ortega la gente se relaciona con el mundo en la manera en la que se lo representa y que esa representación de la realidad forma parte de él mismo. De manera que si a través de un medio como la fotografía se fuera capaz de presentar al sujeto una imagen personal con unas determinadas características pudiera conseguir modificar su propia percepción, para bien o para mal. Pero de ninguna manera la fotografía, especialmente la de retrato trataría sobre una realidad muerta, que queda muerta, sino que inicia una nueva andadura.

No quisiera finalizar este pequeño esbozo sobre la construcción activa y dinámica de la realidad con la que nos relacionamos (1ue se puede crear mediante la fotografía) sin hacer una mención al que considero el último y genial paso dado y comprobado en la construcción social de la realidad. Me estoy refiriendo a la brillante teoría de la discontinuidad elaborada y probada por Philip Zimbardo (1999).   La discontinuidad se define aquí como un cambio percibido en el nivel o en la calidad del funcionamiento personal en algún campo importante para el la propia valoración o la propia imagen (p.351).  Par el propósito del presente escrito basta con decir que estos campos por los que uno ha apostado para forjar su propia imagen o identidad, o simplemente que le resultan dignos de valor, son también construcciones personales de la realidad.  Lo más frecuente es que estas discontinuidades que rompen el normal funcionamiento personal y las expectativas que uno ha puesto en un curso de acción que ha emprendido y en el que progresa adecuadamente:  Las discontinuidades más comúnmente experimentadas son las que rompen  las propias expectativas relacionadas con las expectativas personales… que se refieren a las expectativas sobre uno mismo relacionadas con los demás, con tareas específicas, con  objetivos propuesto y con el sentido del bienestar y valoración personales (p.361) . Un ejemplo típico dentro del mundo académico sería un suspenso no esperado, en el mundo de las relaciones personales, una infidelidad. Pero no necesariamente pueden ser discontinuidades negativas, también las positivas, como la suerte o una amistad inesperada, son también discontinuidades. Como se acaba de afirmar, la gente pone su valer a veces en cosas tan insignificante que, por ejemplo, la aparición de la primera cana puede convertirse en un drama para alguien.

Cuando se experimenta una discontinuidad se da un momento especialmente abonado para buscar las causas de la misma. Porque la discontinuidad genera inseguridad, un estado que la mente no acepta. Una discontinuidad es pues, un momento para hacer hipótesis explicativas, un momento para buscar causas. Zimbardo explica que en esos momentos de perturbación no es el adecuado para llegar a conclusiones racionales, sino cargadas de ansiedad, por lo que las explicaciones suelen ser erróneas. Una vez metido en un camino erróneo el sujeto termina creando un mundo entorno que favorece sus explicaciones. Sí, he dicho bien, el sujeto termina creando un mundo entorno que favorece que sus hipótesis, sus respuestas a la explicación de la experiencia de la discontinuidad, se confirmen.  Digo crear porque ese es el verdadero entorno con el que se relaciona el sujeto que no ha sabido responder adecuadamente a las exigencias de la vivencia de la discontinuidad.

Zimbardo, en el brillante desarrollo de esta idea, afirma que la persona que no resuelve bien esta experiencia, positiva o negativa, puede terminar en cualquier tipo de enfermedad mental, dependiendo de las causas a las que atribuya dicha experiencia: puede caer en una depresión si piensa que el suspenso demuestra su incapacidad para el estudio o para esta materia que tanto le interesaba, peo también puede entrar en un estado paranoico si llega a la conclusión de que es el profesor el que le ha suspendido arbitrariamente y así ha cortado sus aspiraciones vitales, o en una  fobia si llega a atribuir  su fracaso a las condiciones de espacio cerrado en el que se desarrolló la prueba¸ puede, también, caer en una superstición, si llega a la conclusión de que la causa de su suspenso es  el haberse levantado con el pie izquierdo.

La teoría da un paso más y finaliza diciendo que el origen de muchas investigaciones científicas o de disciplinas enteras del saber se ha originado en las discontinuidades o sorpresas que ofrece la naturaleza o las relaciones interpersonales.

Puede intuirse, porque no tengo tiempo para descender más en la explicación, que la teoría de la discontinuidad adentra a quienes la estudian en mundos teóricos y prácticos de enorme trascendencia.  No voy a seguir por este camino. Trataré de explicarla tomando a Zimbardo mismo y la formulación de la teoría de la discontinuidad como un buen ejemplo de lo que se está diciendo: tanto a nivel personal como en la explicación de cómo surgen muchas hipótesis y teorías científicas.

 Zimbardo, al salir de una de sus numerosas clases de introducción a la psicología es abordado por tres o cuatro alumnos, todos ellos viven en el mismo Colegio Mayor. Preocupados presentan el caso de su compañero de Colegio: Gary.  Gary, desde hace unos días no come, no duerme y s ele ve siempre demacrado y sudoroso. También rehúye y ha dejado de frecuentar las relaciones con sus compañeros, especialmente con las chicas. Se va consumiendo día a día y no saben qué hacer. Buscan una orientación de Zimbardo quien, de entrada, sigue el protocolo normal en la Universidad para estos casos: enviarlo al centro de ayuda al a alumnado que ha creado la Universidad.  Los días pasan y de nuevo los mismos alumnos, aún más preocupados por la salud de su compañero Gary, dicen a Zimbardo que la situación ha empeorado. Zimbardo, como para salir del paso, les da una cita para charlar con Gary en su despacho. Mientras tanto ha hablado con el Psiquiatra que atiende a Gary, quien le cuenta que el problema es grave: El caso de Gary es muy serio, requiere un tratamiento prolongado, más que el que se puede dar en el centro de ayuda universitaria. Su diagnóstico había agrupado todos aquellos síntomas, aparentemente inconexos en torno a una homosexualidad reprimida que comenzaba aflorar a la conciencia” (p.390).  Cuando Gary llega al despacho de Zimbardo éste le coge con afecto y comienza a charlar con él. Entre las preguntas rituales, las que cualquiera le haría, está la de: ¿cuándo comenzaron todos estos síntomas? Gary le contesta que desde hace unos 20 días. Otra de las  preguntas rituales es ¿cómo le va en sus estudios?. Gary se pone nervioso y dice que regular. A Zimbardo acaba de encendérsele una luz. ¿Qué notas has sacado en los exámenes parciales (que habían finalizado hacia unos veinte días?. Aprobados, algún notable. Zimbardo parece tener ya una explicación y con su típica voz entrecortada y jadeante, sentándose en el borde del sofá en el que están sentados los dos, le mira a los ojos y le hace una nueva pregunta: ¿Qué notas has sacado en el Instituto? Todas matrículas, mis padres me llamaban el estudiante perfecto. Zimbardo acaba de entender y comprobar su hipótesis: Gary ha sido hasta este momento un estudiante modelo. Ha llegado, según Gary, el momento de la verdad: hacer la carrera que ha programado para su vida y en la Universidad en la que todo americano desea hacerlo. Pero en la primera de las pruebas, en el primer examen parcial acaba de darse cuenta que esta prueba de la verdad le demuestra que no es tan listo como pensaba él y su entorno familiar. De repente, a medida que los profesores publicando las calificaciones, Gary va recibiendo, uno tras otro, hachazos a sus expectativas. Tantos hachazos en la misma dirección terminan por coincidir a derribar su árbol de ilusiones.  Su identidad, aquello en lo que él había puesto la definición y el valer de sí mismo, se había venido abajo.

Una vez que Gary ha construido sus notas como una falta de capacidad y una devaluación personal, comienza a romper sus lazos con el mundo y crea un entorno que favorece su devaluación corporal, psíquica y social. Zimbardo ha descubierto que esta es la razón que da sentido a todos sus síntomas. Ahora, más acelerado que de costumbre, se levanta del sofá, camina hacia su mesa, coge una cuartilla y un lapicero, dibuja la curva de la distribución normal de Gauss, que tan bien manejan los psicólogos, y traza una raya en la parte superior de la misma, allí por donde él sospecha que deja por encima el 20 por ciento superior de la población. Se la muestra a Gary y le dice: Chaval, tu capacidad intelectual está situada a esta altura o aún por encima, porque la Universidad de Stanford sólo admite a alumnos de bachillerato que estén el el percentil 80 o superior.  Cuando estudiabas bachillerato te comparabas con la población en general de los estudiantes norteamericanos. Por eso tus notas eran excelentes. Pero ahora, en la Universidad de Stanford, tienes que competir con los que son el 20 por ciento superior. En comparación con ellos no has sacado malas notas. Tú sigues estando en este segmento superior, no has perdido capacidad., nada ha cambiado en ti, sólo ha cambiado el grupo de comparación. Además, añade para apoyar su razonamiento y dar tranquilidad a Gary: cuando tengas un título por la Universidad de Stanford, nadie te va a pedir las calificadores, porque todos saben que necesariamente eres bueno.

Lo que a juico del psiquiatra del centro de ayuda al estudiante iba para largo, se arregló en una charla de poco más de media hora.  Hablé con él algunas semanas después y me comunicó que todos aquellos terribles problemas habían desaparecido y sus notas comenzaban a subir (p.391).

Pero no solamente se habían solucionado los problemas de Gary, sino que en la mente del psicólogo californiano también se había producido una discontinuidad: acababa de encontrar una hipótesis que luego desarrollaría científicamente: la hipótesis de la discontinuidad. De esta manera se explica cómo una discontinuidad, la de Gary, genera un nuevo y terrorífico mundo en el que sólo le queda la aniquilación social e incluso física. Pero a la vez, su rápida curación mediante la interpretación de los aprobados y notables que Gary había obtenido en su primera prueba universitaria, poniéndolos en otro contexto, creando para ellos un mundo de significado coherente, levantó en el científico un nuevo campo de investigación. Es decir, la misma teoría de la discontinuidad es fruto, a su vez, de una discontinuidad experimentada en el científico.

II.3. La fotografía es una construcción social y promueve la construcción social de la realidad.

La exposición de la construcción social de la realidad ha sido, a lo mejor, un poco larga, probablemente difícil de entender para quien no pisa diariamente estos senderos. Y el estudioso de la fotografía, sobre todo el estudioso de la esencia de la fotografía se preguntará: Y esto, ¿qué tiene que ver con la esencia de la fotografía?

He de confesar que tanto el perspectivismo orteguiano como la teoría de la construcción social ha sido despertado por la primera parte de las reflexiones de Barthes sobre la esencia de la fotografía, en su Cámara lúcida. Ese encuentro casual, contingente, inclasificable que solamente permite ser mirada o vista. Hace referencia directa a al referente, que se supone es la realidad externa captada por el objetivo. Me estoy refierendo a expresiones como estas: The first thing I found was this. What the Photograph reproduces to infinity has occurred only once… it is de absolute Particular, the sovereign Contingency, matte and somehow stupid, the This, in short, what Lacan calls the Touché, the Occasion, the Encounter, the Real, in its indefatigable expression (p.4)… Show your photographs to someone- he will immediately show you his: “Look, this is my brother, this is me as a child”, etc. The photography is never anything but an antiphon of “Look, “See”, “Here it is”; it points a finger at certain vis-à-vis, and cannot escape this pure deictic language. This is why, insofar as it is licit to speak of a photograph, itr seemed to me just as improbable to speak of the Photograph.(p.5).[3]

A lo largo de estos días habré leído muchas veces estas palabras de Barthes que tratan de definir la esencia de la fotografía. Siempre encuentro en ellas una especie de “esencia”, de la realidad, metida en un fanal para que no se contamine de valoración alguna más que de la señalización. Es decir, igual que cualquier otra realidad que se tenga delante de los ojos: su visión es única, el estado actual es único, y solamente se la puede señalar.[4]

Y sin embargo no es la realidad ni la representación de otra realidad única o contingente. La fotografía, es un proceso de abstracción de la realidad y como tal es una construcción de la realidad que pretende representar, es una construcción del referente.  La relación encadenada que posteriormente establece entre la fotografía y su referente debe predicarse de cualquier arte o lenguaje que mediante palabras o dibujos o cualquier artificio físico o digital que quiera representar el objeto al que se refiere.

Las prueba más fehaciente, argumentando ad hominem, es que el mismo Barthes, cuando se presenta a sí mismo como objeto a ser representado y advierte de las diferentes impresiones que quiere dar a quien vea su fotografía.

Desde el punto de vista del perspectivismo y de la construcción social de la realidad, la fotografía es una abstracción de algo que existe más allá del sujeto, que no puede existir en el sujeto de otra manera de cómo éste se lo representa (incluso la repetición de la misma fotografía y, sobre todo la repetida visión de la misma fotografía, que tanto da, no es percibida de la misma manera.

Desde la postura del constructivismo psicológico de la realidad ha de afirmarse además, que la fotografía, lo mismo que la mirada, son selectiva y compositivas de los rayos de luz que llegan desde el objeto al ojo, a la placa, a la película o al sensor. Dando un paso más, en un determinismo recíproco entre ambiente, persona y conducta, Afirmaré más tarde que  la fotografía ayuda al sujeto a interpretar la realidad objetiva que le trasciende. Dicho en otras palabras, restringiendo la fotografía al retrato (que es de lo que en realidad habla Barthes y no de la fotografía en general) la selección de los aspectos de la persona que la cámara fotográfica, por su misma naturaleza, hace de la persona que retrata conlleva necesariamente una valoración en tres aspectos inseparables de la percepción: me agrada o me desagrada, es activa o pasiva y, en tercer lugar, es fuerte o es débil (Osgod, Suci and Tannenbaum, 1957). Y al mostrarle a la persona fotografiada una selección concreta de sí misma, con unas características y no con otras, en un rol y no en otro, estamos utilizando la fotografía para ayudar o influir en el sujeto a construir su propia identidad de una concreta manera y no de otra.

Para recalcar la idea que estoy tratando de exponer me quiero poner a la distancia de Barthes: es decir como observador de la fotografía en sí misma, en su misma inmediatez deíctica. Porque si adoptara la posición del fotógrafo, la que Barthes no quiere adoptar, la selección y la intencionalidad de influencia sería indiscutible.

La psicología científica, a diferencia de cualquier otro conocimiento producido bajo la interpretación de experiencias preferentemente personales, como es el caso de Berthes en su ensayo sobre la fotografía (Schreiben und Schrödl, 2000), tiene la obligación de poner a prueba experimentalmente sus hipótesis. Y lo ha hecho.

En la teoría de la construcción social de la realidad, especialmente en aquellos aspectos que se refieren a los sesgos o tendencias erróneas a atribuir causa a la conducta propia y ajena, se formuló en el año 1971 la hipótesis que el observador de una conducta tiende a atribuir la conducta del actor que observa a las circunstancias, mientras que el actor tiende a atribuir su propia conducta a las circunstancias en las que la ejecuta. Esta hipótesis es confirmada por Jones y Nisbett en el año 1971. Pero inmediatamente súrgela necesidad de examinar y precisar las variables y los proceso que intervienen o explican este distinto modo de interpretar o construir el mundo dependiendo del punto de vista (como puede verse hasta la formulación es orteguiana).  Tanto porque la formulación es muy cercana a la toma fotográfica, como porque en realidad se utilizan medios audiovisuales en la investigación, resumiré, para probar mis afirmaciones las dos siguiente investigaciones.

En la primera Storms (1973) se hace la pregunta que si la hipótesis es de actor observador ¿qué pasaría si a un actor se le hace pasar por observador de sus propias actuaciones?  ¿Cambiaría su punto de vista anterior? Para imaginar la situación experimental y luego entender mejor las conclusiones a las que se llega, Supongamos un estudio en cuyo centro hay una mesa rectangular. En uno de los extremos de la mesa, y colocados uno enfrente del otro se colocan dos personas desconocidas a las que se les pide que actúen como se hace en la vida cotidiana cuando dos personas se encuentran por primera vez: saludos, presentaciones, petición de información, etc.   En el otro extremo opuesto de la mesa rectangular, también uno frente a otro, pero girados un poco hacia el centro de la misma, se colocan dos observadores que cuya misión es atender a la conducta de quienes se conocen y presentan por primera vez. De manera que el observador situado en la parte izquierda de la mesa pueda observar con relativa facilidad al desconocido que está en la parte derecha, y el que está en la parte derecha, al desconocido que habla situado en la parte izquierda.  Para completar el escenario se colocan dos cámaras de vídeo colocadas detrás de los extraños de manera que cada una graba la conducta del sujeto que le queda en frente.

Tras cinco minutos de presentación, se lleva a todos los sujetos a una habitación distinta donde han de valorar distintos aspectos de lo que han observado durante la fase experimental. Resumiendo, el cuestionario les pide dos tareas fundamentales: la primera que exige a los dos extraños que se valoren a sí mismos en los siguientes rasgos de personalidad: amigable, hablador, nervioso y dominante. Luego han de puntuar a su interlocutor en las mismas características personales. En la segunda de las tareas se les pide que digan en qué medida las características de sub propia personalidad y la personalidad del contrario han determinado el  curso de la interacción . De la misma manera han de valorar en qué medida la conducta propia ha estado dominada por las circunstancias de tener que presentarse ante un extraño y en qué medida, también, son las circunstancias las causantes de la conducta de la otra persona extraña.  Los observadores hacen las mismas evaluaciones de los dos extraños: cuáles son las características personales del sujeto A y del sujeto B y en qué medida la conversación ha dependido de sus rasgos de personalidad y en cuál ha sido la importancia de la circunstancia a la hora de tratar de explicar su conducta.

De esta manera se tiene la valoración en los mismos criterios referida a uno mismo o referida a su recién conocido. Se tiene también la valoración de quienes han observado más a uno de los interlocutores que al otro.

Pero la investigación tiene una segunda parte en la que los sujetos se enfrentan ahora a la grabación de su propia conducta. Los observadores se enfrentan, al ver los vídeos de los dos participantes, en uno de los casos volviendo a observar de cara lo que ya habían visto en la realidad, en el otro vídeo ven ahora de frente lo que en la ejecución real sólo habían podido ver de soslayo.

Las conclusiones de la investigación son muy claras: tanto los propios actores como los observadores tienden más a tribuir las causas de todo lo que ha sucedido a las circunstancias cuando son actores u observadores directos: es decir ver de cara la conducta de otra persona hace que se construya la realidad de su actuación a causas intrínsecas o características personales de la misma y menos a las circunstancias en la que se lleva a cabo la acción. Por el contrario, cuando uno se juzga a sí mismo tiende a pensar que su conducta manifiesta poco su personalidad y más un modo de reaccionar a la situación en la que se encuentra. 

¿Y qué pasa cuando ha de hacer los mismos juicios después de haber observado su propia conducta en el vídeo? Se invierte la percepción de manera que ahora crea que su conducta se debe más a las características de su personalidad? La respuesta es que sí. Lo mismo sucede con los observadores que ahora han e juzgar la conducta de los intervinientes que no tuvieron a la vista durante la presentación real: The interaction reflected a complete reversal of the relative perspectives of actor and observer in the new-orientation condition (p.169).

Contrario a lo que es la primera parte de la intrusión de Barthes en la esencia de la fotografía, esta no refleja realidad no seccionada o interpretada. Y en contra de lo que éste autor dice, la reacción de las personas al enfrentarlas con su propia imagen fotográfica no es la de decir: this is my brother ; this is me as child, etc. Sino más bien se reacciona dándose media vuelta, mirando de cara al fotógrafo que nos enseña nuestra propia imagen y preguntarle: ¿ese soy yo?  La fotografía, como en el visionado de la propia acción el sujeto se enfrenta a una imagen de sí mismo que le exige introyectarla, asimilarla y, a veces a cambiar su propia representación, y con ello a su propia valoración. Evidentemente, en el supuesto de esencialista, no constructivista de Barthes, no cabe la expresión de extrañeza ante la propia imagen fotografiada.

En este experimento se deja a voluntad de los interlocutores que elijan sus propias palabras, sus propios ademanes y que recurran a la propia experiencia personal, además de haberles situado en distintos puntos de vista. Por ejemplo, an actor has information about his past performance that an observer does not have. Therefore, testing the point of view   hypothesis directly requires a situation in which viewpoint is not confounded with different amounts of kinds of information (Taylor y Fiske, 1975, p. 440). Lo que interesaría específicamente a la fotografía sería saber si el simple punto de vista desde el que se sitúan los observadores es suficiente para modificar la construcción de la realidad. Porque la fotografía frente a la realidad que recoge en sus medios, es solamente punto de vista. El tema les preocupa también a los psicólogos que desean saber si desprendiendo al observador de la carga de experiencia personal con la que acude a las citas, es suficiente para que construya el mundo de manera distinta. El puro punto de vista. Esto es lo que pretenden, entre otros, Taylos y Fiske (1975) en su elegante investigación a la que le dan un título tan fotográfico (y tan Orteguiano) como: Point of view and perceptionof causality.

Como esta investigación tiene mucho en común con la descrita anteriormente, la publicada por Stoms (1973), quizás resulte ahora más fácil describir la situación experimental las pruebas y las conclusiones.  En primer lugar, como se trata de puro punto de vista, los actores de este estudio son  dos personas que han de representar un papel en el mismo: son dos personas,  llamadas simplemente Sujeto A y Sujeto B contratadas por los investigadores para que desempeñen un papel previamente escrito y en el que se reparte la participación a partes iguales. Hablarán sobre la especialidad elegida para sus carreras, lugar de donde proceden, planes de trabajo, actividades extra universitarias.  Se colocarán  uno frente a otro teniendo una mesa de por medio.

Como se trata de probar la influencia del punto de vista, los verdaderos sujetos de la investigación son los observadores. Estos, se van a colocar estratégicamente en torno a los dos actores para que los puntos de vista desde los que los observan sean verdaderamente distintos.  Dos observadores (hombre y mujer) van a colocarse a la espalda del sujeto A: de manera que vean la espalda de este (que en la terminología gestáltica sería el fondo de la escena) y verán de cara la participación del sujeto B, la forma lo sobresaliente.  Otros dos se situarán a la espalda del sujeto B:  su punto de vista hace que sea la conducta del sujeto A, la que puedan seguir de cara. Además hay otros dos sujetos uno colocado a la derecha de los dos actores y otro a su izquierda, de manera que puedan observar por igual a ambos actores. Puede entenderse fácilmente que lo que se ha manejado es exclusivamente el punto de vista.

Finalizada la prueba, los observadores han de contestar a unos cuestionarios semejantes a los utilizados en el estudio de Stoms, por lo que se omite su contenido.  La pregunta que se hacen los investigadores es si habiendo cambiado solamente el punto de vista se ha cambiado la interpretación, la construcción de la la conducta pareja de los actores. Los resultados confirman la hipótesis porque los participantes que observan por igual a los actores los valoran por igual, mientras que quienes observaron de cara al sujeto A, creen que este es quien es el causante y ha llevado el peso de la conversación. Lo contrario sucede con los observadores del sujeto B. Por lo tanto, el simple punto de vista hace que se interprete la realidad de manera distinta:  the results of the present studies  indicate quite clearly that perceptions of causality in social situations are markedly shaped by literal point of view  (Taylor y Fiske, 1975, p. 444).  Por lo que puede concluirse también: lo resultados de este estudio indican muy claramente que la percepción de causalidad en situaciones sociales viene creada por el punto de vista que adopta la toma fotográfica.

III. LA FOTOGRAFÍA Y LA PERCEPCIÓN DE AUTOEFICACIA PERSONAL

III.1. La percepción de capacidad personal

 En el tiempo, largo tiempo en el que se ha ido perfeccionando o desarrollando la teoría de la construcción psicosocial de la realidad, no se ha desvinculado de lo que la gente normal entiende por psicología como modo de intervenir y promocionar el bienestar de las personas. Es decir, la intervención terapéutica.

Cundo se ha demostrado que cambiando en la misma persona  el punto de vista desde el que observar su propia conducta, se está cambiando la percepción que tiene de sí mismo. Procurando que uno sea observador de su propia conducta puede llegar a interiorizar nuevas concepciones personales.

Los mismos autores de la construcción social de la realidad se dieron cuenta de esta posibilidad, por ejemplo Storms, (1973) finaliza su exposición refiriéndose a sus aplicaciones prácticas.  Pero han sido autores como Daril Bem (1972) con sus nociones de la Autopercepción, mediante la observación de la propia conducta, la trascendencia que tiene la teoría de la disonancia cognitiva,  de Leo Festinger en la que trata de armonizarse la acción con el pensamiento y que permite, modificando la conducta modificar consecuentemente las actitudes básicas de la persona,( una de cuyas mejores exposiciones puede leerse en el capítulo cuarto del  muy recomendable libro de Eliot Aronson (1998): El animal social), y, para no mencionar más, la teoría de la  Teoría de la autoconciencia objetiva de Duval  y Wicklund (1972) en la que tratan de demostrar cómo hacer que las personas se responsabilicen de sus propios actos comprando sus ejecuciones con sus  estándares o los estándares sociales (Silvia y Duval (2001).

Sin duda una de las teorías que han dado un nuevo giro a la psicología de los cuarenta últimos años ha sido la Teoría cognitivo socia formulada por Albert Bandura (1997), Garrido, Masip y Herrero (2009).  La hipótesis central de la misma, en su evolución actual, es, desde su formulación en 1977: la teoría de la percepción personal de autoeficacia.

Con la brevedad que se supone en una exposición como la presente, centraría la esencia de la teoría cognitivo social en los tres principios siguientes:

1.       Los rasgos de personalidad no existen. Los rasgos de personalidad se concibieron siempre como algo innato y pétreo, permanentes en el espacio y a lo largo de los días. De tal manera que, por ejemplo, aquel que sea nervioso, introvertido, concienzudo, abierto o agradable (los llamados cinco grandes dominios de la personalidad) lo será a lo largo de su vida y en cualquier lugar al que se traslade. Dese que Walter Mischel (1968) publicara el resumen de sus investigaciones sobre la variabilidad de la misma persona o la misma cultura en un rasgo tan importante como la demora en la gratificación, y resumiera las investigaciones sobre la no estabilidad de los modos de comportarse, la idea de los rasgos de personalidad de desvaneció, poniendo más el acento en el poder de las circunstancias a la hora de querer explicar los rasgos de personalidad. Por lo que se refiere a las habilidades intelectuales de la persona, como la capacidad intelectual, la investigaciones que ha realizado o que ha potenciado  la teoría de la mente, resumidas por la misma autora en  su libro de 1999: Self theories,  también se ha acabado con la creencia de las capacidades intelectuales como algo innato y fijado.  La siguiente frase de Dweck resume, a  mi entender, lo que se debe entender por todo lo que se ha considerado fijo o permanente en la persona humana: The fallacy is in thinking  that by measuring someone’s present skills, you’ve measured their potential; that by looking at what they can do now, you can predict what they’re capable of doing in the future (Dweck, 1999, p.59). Algunas de las investigaciones expuestas referente a la atribución de rasgos de personalidad, dependiendo del punto de vista de actor u observador, explican también el porqué de tales creencias en algo estable dentro de la persona.

2.       Cuando se buscan las causas de la conducta se habla de causas internas o externas: los rasgos de personalidad o las circunstancias en las que se la conducta tiene lugar. Este es un planteamiento erróneo por dos motivos: en primer lugar porque la conducta es el tercer elemento a tener en cuenta a la hora de explicar la conducta humana: el hecho de ejecutar una acción y observar, por ejemplo que sus resultados son un progreso sobre lo que se había logrado anteriormente, es una de las mayores fuentes de creencia en las propias capacidades.  Según la teoría cognitivo social han de considerarse como causas del acontecer psicológico tres tipos de causas: ls personales, las circunstanciales o ambientales y las ejecuciones personales.  Y estas tres causas actúan en una especie de círculo irrompible, de manera que para explicar mis creencias sobre mí mismo, debería acudir a los grupos que frecuento (ambiente), pero es que si quiero explicar por qué he elegido esos grupo y no otros, pudiera deberse a que en un determinado momento yo les hice una donación (conducta), pero para explicar esa conducta de donación, habré de acudir a mis convicciones personales (personales).  Los tres tipos de causas no funcionan a la vez, sino en rotación, pero nunca se puede explicar un momento psicológico actual sin tener en cuenta el permanente círculo de determinaciones: persona, ambiente y conducta.

Aplicando esto al tema que ahora ocupa este escrito de finalidad no estrictamente psicológica, puede decirse que el hecho de haber posado de una determinada manera ante una cámara, puede ser fruto de la exigencia del fotógrafo que la maneja. Pero esa circunstancia nos devuelve una foto nuestra que recorta las posibilidades infinitas de mostrar apariencias, pero la foto ha elegido esa. Esa foto es luego interpretada por nosotros generando un juicio sobre la percepción personal que, probablemente, influya en nuestro comportamiento posterior.

3.       Cuando se trata de explicar la conducta humana a partir de las características de la persona que la ejecuta, no existe un motor tan potente como la percepción personal de autoeficacia:  La  idea que uno tiene de sí mismo se ser capaz de ejecutar algo en unas determinadas circunstancias y a unos determinados niveles de exigencia: People guide their lives by their belief of personal eficacy. Perceived sel-efficay referes to belief in one’s capabilities to organize and execute the courses of action requires to produce given attainments (Bandura, 1997, p.3).

Cuando se trata de movilizar todos los recursos de la persona o de lograr nuevos recursos, lo esencial es generar en los sujetos la percepción de capacidad personal.

Desde su nacimiento la autoeficacia tuvo vocación de motor básico de toda la actividad humana. Comenzó demostrando que cualquier tipo de intervención psicológica, de terapia psicológica, tanto de naturaleza cognitiva como de procedencia conductista o psicoanalítica eran eficaces en tanto en cuanto fueran capaces de generar en el paciente la sensación de que era capaz de afrontar las dificultades y los miedos que hasta ahora habían atormentado sus vidas.  Luego, a lo largo de estos cuarenta años de dura lucha experimental y enfrentamiento a otras teorías con otros planteamiento teóricos, ha terminado por ser imprescindible en campos tan dispares como  el desarrollo de la capacidades intelectuales, especialmente en llos que se creen menos dotados, en los comportamientos saludables,  en los tratamientos clínicos psicológicos, en las intervenciones médicas e incluso del sistema inmunológico, en el deporte, en las organizaciones, en los retos de los grupos o incluso globales,  por citar solamente los títulos de los   capítulos del libro de Bandura (1997).

Para poder llegar a comprender la función central que la autoeficacia tiene en la explicación del comportamiento humano y en los modos de vida, y a modo de resumen, me permito recoger la síntesis que el mismo Bandura hizo con motivo de su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca. Acepto que la cita es larga, pero, es que no se podría decir más en menos palabras: La sensación fuerte de eficacia intensifica los logros personales y el bienestar personal de muchas maneras. Las personas que tiene una gran seguridad en sus capacidades consideran las tareas difíciles como retos que han de ser superados en vez de amenazas que han de ser evitadas. Tal visión eficaz fomenta el interés intrínseco y una honda preocupación por las actividades realizadas por uno mismo. Las personas de esta índole se fijan tareas difíciles y mantienen un fuerte compromiso para con ellas. Frente a la posibilidad de fracaso, aumentan y reafirman aún más sus esfuerzos. Recuperan rápidamente su sensación de eficacia después de fracasar o ante los contratiempos. Atribuyen el fracaso a un esfuerzo insuficiente o a una falta de conocimiento o de habilidades que pueden ser adquiridos. Se enfrentan a las situaciones de amenaza con la seguridad de que realmente son capaces de ejercer un control sobre ellas. Esta perspectiva de eficacia conduce a logros personales, reduce el estrés y también reduce la vulnerabilidad de las personas a la depresión.

Por el contrario, las personas que dudan de sus capacidades huyen de las tareas difíciles, entendidas como amenazas a su persona. Sus aspiraciones son bajas y no se comprometen con las metas          que deciden fijarse. Al enfrentarse a tareas difíciles, se quedan cavilando sobre sus deficiencias personales, los obstáculos que can a encontrar y todo otro tipo de resultados negativos en vez de concentrarse en cómo actuar con éxito. Reducen sus esfuerzos y abandonan pronto sus tareas cuando les surgen las dificultades. Después de haber sufrido un contratiempo tardan en recuperar la sensación de eficacia. Debido a que consideran una actuación suficiente como una falta de capacidad, necesitan pocos fracasos para que pierdan la fe en sus capacidades. Este tipo de personas son presa fácil del estrés y de la depresión. (Bandura, 1992).

III.2. La fotografía como instrumento de la autoeficacia percibida

Para finalizar esta breve exposición de la autoeficacia percibida y, en este momento, terminar de cerrar el círculo de la construcción de la personalidad mediante la fotografía, deben explicarse cuáles son los modos o los procedimientos por los que se puede generar  en las personas una sensación de capacidad que creían no tener o , sobre todo, cómo devolver a las personas la percepción personal de autoeficacia en aquellos campos en los que han colocado la propia valoración personal, pero que se creen no poseer o haber perdido.

Como complemento a lo que se acaba de decir debe remarcarse que los miedos, las ansiedades, las vidas fracasadas no se deben a haber tenido fracasos en la propia ejecución (que produciría ansiedad) sino en no sentirse capaz de ejecutar lo que a uno se le requiere o lo que uno se exige a sí mismo.

Son cuatro los procesos y o procedimientos por los que se puede generar o devolver la percepción de capacidad[5].

1.       El primero es la ejecución personal: cuando uno se observa a sí mismo progresar en la consecución de aquello que se ha propuesto, llega a la concusión; soy capaz. La brevedad que exige el propósito fotográfico al que se circunscriben estas páginas me impide extenderme más. Pero no puedo menos de deshacer la aparente tautología que supone: lo hago, luego soy capaz.  Porque a veces suena la flauta por casualidad.   Por el hecho de haber ejecutado algo no se deduce necesariamente la conclusión “luego soy capaz” y esto es lo mío. Si los logros de una acción emprendida se atribuyen a las circunstancias, a la suerte, al azar o a la ayuda que estoy recibiendo, la ejecución de una conducta, no produce en el sujeto la conclusión “me siento capaz”.

2.       La segunda manera de promover el juicio de capacidad personal tiene que ver con el modelado: ver a otros que ejecutan lo que yo me considero incapaz.  La conclusión en este caso es: si él es capaz yo también puedo serlo”.  Pero también esto tiene una condición psicológica: que la persona que ejecuta la acción y se propone como modelo sea considerada por el observador como “semejante”, (lo que también es una construcción social de la realidad). Si esa mujer ha sido capaz de ejecutar una acción con tanta excelencia, yo, que también soy mujer, puedo conseguirlo.

3.       A través de la palabra uno puede llegar a convencer a otro de que es capaz de hacer o que continúa siendo capaz de hacer una determinada acción a un determinado nivel de perfección. Generalmente se afirma que esta es la peor de la maneras de convencer a otro de tener capacidad para llevar a cabo un empeñó o una misión.  El : “que sí, que tú puedes”, se oye con demasiada frecuencia cuando alguien muestra una cierta inseguridad en sí mismo. Cuando el sujeto, frente a las palabras de los demás acude a su propia experiencia de fracaso o, simplemente expone sus propias razones, la palabra es poco eficaz para generar autoeficacia en las personas.  El proceso mediante el cual la palabra puede ser fuente de autoeficacia es la credibilidad de la fuente. Cuando alguien a quien consideramos con autoridad nos dice que sí podemos puede producir un efecto aparentemente milagroso, pues en pocos segundos pone en funcionamiento y en esfuerzo a una persona. Todos hemos tenido experiencia de un profesor que nos ha alabado en clase, de un superior que ha confiado en nosotros y nos ha dado un encargo, de alguien que, aun habiendo tenido fracasos, nos mantiene en su equipo de trabajo. Todas esas son formas de persuadirnos, por parte de alguien que tiene credibilidad en lo que dice, de que somos realmente capaces.

4.       Finalmente, el cuarto de los métodos o procesos por los que se generan juicios de capacidad personal es mediante la interpretación de los estados emocionales y corporales. Especialmente los estados de ansiedad o de fatiga suelen ser experiencias que se tienden a interpretar como signos de incapacidad. Cuando se explica este mecanismo la gente suele manifestar extrañeza porque no parece comprensible que una vivencia de ansiedad o la percepción de agotamiento corporal puedan interpretarse como signos de capacidad.  La verdad es que al explicar esta cuarta fuente de capacidad, más bien debiera decirse que los signos de ansiedad o de fatiga no deben llevar a la conclusión de que uno es incapaz de realizar una determinada tarea o afrontar un determinado empeño.  Un ejemplo claro, extraído de una serie de investigaciones concatenadas sería el operado de corazón que hace ejercicio hasta el agotamiento. Cuando el signo de cansancio aparece, estas personas y los que le rodean suelen advertirle de los peligros de hacer esfuerzos.  Pero en realidad lo que debería decírseles es que su corazón se ha recuperado a tan alto nivel que aguanta hasta el agotamiento.

Ha llegado el momento de cerrar el razonamiento de todas estas páginas:  se percibe el mundo desde una determinada perspectiva, y las  distintas perspectivas son las que constituirían las verdad sobre la realidad que afrontamos. Esta es la conclusión de Ortega y Gasset.

Desde la psicología social de la construcción social de la realidad se ha demostrado que el mundo que percibimos es interpretado de una u otra manera dependiendo de las atribuciones que sobre él hagamos.

Un mundo que necesariamente construye toda persona es la concepción que tiene de sí mismo: sus características personales, las causas de lo que hace.  Pero se demostraba que desde fuera se puede manejar esta concepción manejando algo tan sencillo como el punto de vista: ser actor u observador. La observación de la propia conducta y la interpretación que de ella se hace influye en la construcción de aquello que creemos puede definirnos.

Dentro de las concepciones que uno tiene sobre sí miso está la autoeficacia y esta se consigue, especialmente, mediante la observación de las propias acciones: Pues bien, cuando las propias acciones son vistas por uno mismo, cuando el acento se pone en la propia acción, esa que la teoría de la atribución ha dicho que al verla desde el punto de vista de observador lleva con mayor facilidad a atribuirlas a quien las ejecuta, es la manera principal de generar el convencimiento de autoeficacia personal.

La fotografía, la fotografía nuestra, de nosotros, por su misma esencia tiene figura y fondo. Pero, cuando es un retrato, debe tener poco fondo, o fondo borroso, poca circunstancia y “mucha persona”. Luego la fotografía es una buena manera de observarse uno a sí miso. La fotografía, pues, debería tener un gran poder de generar, crear personalidad.

Pero una fotografía personal trasciende, siguiendo las palabras de Barthes, el Studium. Una fotografía personal siempre hiere o punza. El Punctum de Berthes es inherente a la observación de la propia imagen ofrecida por la cámara fotográfica. Si uno quisiera recordar a bote pronto el ensayo de Barthesm diría que está cargado de valoración personal, de referencias personales que yo resumiría en este pasaje:  I saw clearly that I was concerned jer with the impulse of an averready subjectivity, inadequate as son as  articulated: I like/ I don’t like:  we all have our secret chat of tastes, distastes, indiferences, don’t we?.(Barthes, 1982, p.18.). Pero lo que Barthes no dice cuál es el origen de ese gustar y disgustar, cosa quela psicología social de la construcción social de sí ha demostrado. (Schacter, 1964).

Por todo lo cual puede concluirse que mediante la fotografía, especialmente el retrato puede influirse en el la concepción, en el self, de la persona retratada.

No es que tras mi proyecto   fotográfico sobre MÚSICOS CALLEJEROS, haya una intención de i8ntervenir en sus percepciones de capacidad musical. Esto me exigiría una segunda parte: mostrarles sus propias fotografías.  Pero tampoco está ausente. De hecho cuando me han pedido una copia de la misma se la he entregado. La reacción del saxofonista de Swindigentes, al preguntarle por su juicio fue muy expresiva: “Es una foto en la que. Puf, parece un gran músico”. En el mismo sentido interpreto la necesidad de algunos de los fotografiados que al ver la toma en la pequeña pantalla de la cámara se admiraban y pedían, algunos ansiosamente, una copia de la misma. Si no ha tenido una intención directamente de intervención psicológica directas, sí fue mi propósito desde el primer momento mostrarlos como si fueran músicos afamados y sus fotografías, mi fotografía, pudieran cubrir frontispicios de lugares afamados. Quería dignificar su profesión.

 

 

 

 

 

 

 


 

BIBLIOGARAFÍA

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[1] Aunque el título se ponga en español, se verá que las referencias se hacen generalmente en inglés, por haber leído en este idioma la mayoría de las exposiciones de este texto de Barthes
[2] D. Bem (1972) crea una teoría psicológica en la que demuestra cómo se utilizan los mismos mecanismos psicológicos para interpretar la conducta ajena y la propia: mediante la percepción de las acciones y sus resultados.
[3] Cuando se citan frases del escrito de Barthes que parecen orientar su pensamiento en una dirección, quien haya leído detenidamente su ensayo sobre la fotografía podría aducir inmediatamente algún otro texto en el que manifestara lo contrario. Por ejemplo, en este momento yo estoy suponiendo que Barthes, con su definición deíctica como la verdadera esencia de la fotografía, pudiera aducir otros textos en los que la coloca a medio camino entre la representación y la realidad: Dicho brevemente, el referente permanece preso. Y esta manera singular de “apresamiento” condiciona las grandes dificultades para seguir la huella de la fotografía…. El objeto de la fotografía no es ni imagen ni realidad, de verdad un ser nuevo: algo real, que nunca más se puede palpar. (Schreiber und Schrödl, 200, p. 20). La fotografía enfrenta al observador con la paradoja de una real irrealidad (Ib. p. 21). Sin embargo, si uno  recure a sus expresiones de la fotografía y el acto de ser fotografiado como un anticipo de la experiencia de la muerte, no habla de la conversión del sujeto en objeto
 
[4] Una manera distinta de afrontar la veracidad de las fotografías, las relaciones entre referente y referido la han encontrado los historiadores y los antropólogos. Una fotografía puede dar credibilidad de que algo sucedió, pero, depende del punto de vista desde el que se haya tomado para interpretarla de una u otra manera, para otorgarle una u otra “verdad”. La fotografía como fuente documental  encarna, intrínsecamente, un conjunto de problemas metodológicos como muy bien exponen historiadores o antropólogos como  Díaz Barrado, 1998 y Lara López, 2005)
[5] Es interesante que se note la insistencia en repetir la expresión: percepción personal de capacidad,  y no hablar directamente de capacidad. Es concordante con la idea de que lo innato heredado, en el caso de que existiera, no es más que una condición, que no causa, de la conducta humana. Tal capacidad no es fija , sino maleable y se aumenta en la medida en la que se ejercita. Para podr ejercitarla y emprender determinadas acciones o elegir determinados campos de especialización en la vida, es necesario tener la percepción de que uno “es capaz” de desempeñarlo.