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lunes, 26 de julio de 2010

EL COLECCIONISTA


Los encuentros casuales gozan de privilegios en este blog porque expresan la esencia de la teoría sociocognitiva: nada está acabado, definido o confinado mientras dure el mínimo resuello. Por mal que vayan las cosas, tienen remedio; por bien que vayan las cosas, deben cultivarse y acrecentarse para el bienestar y crecimiento personal.

Bandura se queja de la poca atención que prestan los investigadores a los encuentros causales. No entiendo por qué se extraña: parece contradictorio programar y controlar la casualidad. Aunque…

-No, no voy a exponer un posible diseño experimental.

Los encuentros casuales se prueban contándolos. Es lo que hace Bandura cuando enfoca el tema: hechos de las historia, de su propia vida y de las personas que le rodean.

El entorno ofrece las mismas posibilidades a todos los que lo habitan, pero solamente unos perciben sus envites y, entre ellos, sólo unos cuantos los adueñan. En este campo hay muchos procrastinantes.

La conducta del coleccionista me parece ejemplar como metodología para el aprovechamiento de las oportunidades que presentan las circunstancias.

Lo que queda más obscuro es el porqué de lo que se colecciona. Uno se extraña al saber que algunas personas coleccionan hasta corchos de botellas, botones de ropa, distintas cabezas de alfileres u orinales, traspasando los límites tradicionales de las vitolas de puros, cajas de cerillas, bolígrafos de propaganda, muñecas, cromos de futbolistas o soldaditos de plomo. Uno por uno, cada corcho de botella no merece más atención que la de saber en qué contenedor ha de depositarse para no contaminar. Un buen día, por pura casualidad, el coleccionista entiende que sería interesante juntar los escudos que los embotelladores graban en ellos. Al fin de cuentas ¿qué diferencia existe entre las vitolas de los puros y los escudos o hierros que cada viticultor graba en los tapones de sus botellas? Todo consiste en que haya otros que también coleccionen corchos de botellas de vino. Cuando varios buscan el mismo bien, éste adquiere o aumenta su valor. Aunque es suficiente con que alguien tenga una colección insólita. Algún día, en algún lugar alguno de ellos valdrá lo que ahora no se sospecha. ¿Qué puede valer el tapón de las botellas de champan del siglo XVIII que acaban de ser descubiertas en las profundidades del Báltico?

Lo importante del coleccionista es que ha tenido la visión y ha tomado la decisión de comenzar con aquel tapón que el camarero acaba de darle a examinar. Se lo mete en el bolsillo y le busca un lugar en su vivienda.

- Este será el primero.

A partir de ese instante, su percepción de la botella de vino ha cambiado. El mundo de la restauración también. Pues no terminará distinguiendo sólo los tapones de la misma bodega, el significado de que tengan grabado el año en la parte superior como exponente de una gran añada o que no lo tenga. Comenzará a distinguir unas bodegas de otras, la fecha en la que cambiaron los troqueles, la que corresponde a la primera embotellada con denominación de origen. Diferenciará las condiciones en que se hallaba el vino cuando se descorchó. Del vino pasará a los maridajes gastronómicos. En su aspiración por tener la mejor colección de corchos, creará una hoja Excel con diseños, años, denominaciones, bodegueros y enólogos. Con su hoja Excel en su retina (y en su cartera), examinará cada tapón que se le cruce. Un día cuando alguien, que ignora su coleccionismo, le vea suplicar por el tapón que el camarero acaba de tirar al cubo de la basura, le diagnosticará un síndrome de Diógenes. Pero es que aquel tapón no consta en su hoja de datos. ¡Si el camarero supiera que estaría dispuesto a darle una buena cantidad de dinero por él!

Al cabo de no muchos años, incrementando uno a uno los corchos que busca o que le regalan, la colección será única y su valor incalculable. También asombrarán sus conocimientos sobre corchos y vinos. La ocurrencia de un momento puesta en práctica sin demora y con constancia ha terminado por convertirse en una característica personal, idiosincrásica. A esto se llama añadir valor a las cosas.

El coleccionista es el ejemplo de aprovechamiento de los encuentros casuales. Será casi imposible no advertir la presencia de un objeto de su colección allá por donde vaya. Será imposible que deje pasar una sola de las oportunidades de los encuentros casuales que le permitan aumentar su colección.

Si miramos atrás, la memoria recordará ideas que se ocurrieron como interesantes, pero que se ahuyentaron con un ¡“menudo follón “! El tiempo dio la razón a quienes tuvieron la misma idea, se la apropiaron, se pusieron manos la obra y triunfaron. Hoy pensamos que esa idea pudo ser nuestra. Pero no ¡es de otros!

Para salir al encuentro de las casualidades enriquecedoras Bandura propone alterar los hábitos personales, relacionarse con gente distinta a la habitual, visitar nuevos ambientes. Permaneciendo sentados en el sillón de casa, realizando las mismas rutinas, es difícil darse de bruces con las casualidades. La rutina lleva a la rutina y pone diques a los encuentros casuales.

Hace pocos días hablaba con alguien que, habiendo cambiado su lugar de residencia, se quejaba de soledad y aburrimiento. Pero, desde su mudanza, apenas había salido del perímetro de su vivienda. Por casualidad, un día, habiendo salido a comer a un restaurante, en el vaso del helado que alguien pidió de postre estaba grabada una frase de Einstein, que rezaba, más o menos “Si quieres que tu vida cambie no hagas todos los días las mismas cosas”. Para mí fue un encuentro casual en el que hallar un remedio a su soledad. Para la persona amiga: “¡Esto no es tan fácil! Todo el mundo tiene su vida hecha ya!

A la mañana siguiente cogí el vaso con la frase de Einstein

-Si quieres salir de tu soledad, tienes que tener esta frase como eslogan. Pero las comunicaciones interpersonales han cambiado de pautas. Hoy la gente comienza a tener contactos, también, mediante las nuevas tecnologías.

- Sí, pero es que yo…

- Ven conmigo, le dije, voy a abrirte una cuenta en Facebook y enseñarte cómo funciona.

A día de hoy, estoy convencido, no ha abierto el ordenador y menos su cuenta de de Facebook. No ha cambiado sus hábitos y la soledad le oxidará su espíritu un poco más cada pesado amanecer.

Las ideas, las relaciones, los proyectos que se persiguen día a día terminan por convertirse en montañas de logros personales.

- ¡No y mil veces no! No hay que estar en tensión cada momento. Como el coleccionista de corchos que convierte cada descorche en oportunidad para aumentar el valor de su colección y disfrutar del hallazgo, sin tensiones, sin ansiedades, sin estrés, quien persigue una idea tiene el placer de ver acrecentado su valor persona cada vez que avanza una sola micra en la dirección propuesta.

Nunca he entendido a quienes, habiendo tomado una decisión, tardan más de un segundo en poner los medios para ejecutarla.

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