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miércoles, 8 de abril de 2009

EL CRISTO DEL PERDÓN


Martes 7 de abril de 2009. Ha finalizado la jornada. Momento de descanso y visitar telefónicamente a los miembros de la familia. Uno de ellos contesta desde la calle. Está observando la procesión del Cristo del Perdón.

- ¿Han soltado algún preso? ¡Ah, no!, que ahí no tenéis cárcel.

Conversación que evoca recuerdos de infancia. En los pueblos de Castilla, en los años 40, la vida era monótona, que no aburrida. El calendario era infalible en sus predicciones: las fiestas del lugar, las de los pueblos vecinos, las celebraciones religiosas con sus procesiones. Cada época del año tenía su quehacer: sembrar, podar, desgramar, mirar al cielo en mayo, recolectar y trillar en verano, contratar jornaleros el día de San Pedro, vendimiar en octubre, apañar aceituna en diciembre, ordeñar todos los días. Los Santos celebrados en cada lugar tenían su imagen en una capilla de la iglesia parroquial o en alguna ermita a las afueras del pueblo, a la que se iba de romería una vez al año y se la olvidaba el resto. Los labradores se inclinaban y santiguaban al pasar por delante de ellas, cuando iban de labor con sus mulas cargadas de arados, serones, tirando de carros de llantas gruesas de hierro y ejes untados de grasa negra o, normalmente, utilizadas como medio de transporte y compañía montados en sus lomos, encima de alforjas trenzadas con tiras de trapos viejos en un primitivo telar. Cada santo y cada ermita tenían sus mayordomos. Unas señoras les cambiaban los paños al altar cada cierto tiempo y los alisaba durante la misa mayor dominical,cuaNdo todo el pueblo atestaba la nave. Paños blancos, con puntillas de bolillos o ganchillos, trenzados en las tardes de invierno en las solanas, "casinos" de aldeanas para calentarse, remendar, zurcir los calcetines ayudadas de huevos de madera o hacer ganchillo. Horas de sol y cháchara comentando las novedades del contorno. Los noviazgos y las amonestaciones matrimoniales eran tema permanente. Mis recuerdos de solana son anteriores a la importación de los transistores y a las radio novelas, que silenciaron las solanas vespertinas de Castilla. Los chavales, con los antebrazos extendidos rodeados de madejas, haciendo círculos rítmicos mientras las madres ovillaban las bolas con las que tejerían jerseis, rebecas o calcetines, entrecruzando las agujas en un rondó corto o como el cuento de "nunca acabar". Los niños escuchábamos, personajes invisibles, las noticias de la comarca. Cuánta formación sexual se aprendía en aquellas solanas, hasta que nos hacíamos visibles y nos mandaban a jugar.



El día del Santo, los mayordomos varones se vestían de capas largas forradas de raso rojo, ocupaban lugar de preferencia en la misa, lanceros en guardia portando insignias de plata heredadas de mayordomos ya olvidados. Los más ricos invitaban a algún predicador de orden o congragación religiosa. Todos estaban obligados, retornado el santo a su nicho, a convidar a familiares y allegados, es decir, a todo el pueblo, a rosquillas, obleas y, obviamente, a vino y chochos. La fiesta finalizaba,con los más íntimos, en una comida abundante.



Sin duda, exceptuada la fiesta local, el gran acontecimiento del año eran Los Oficios de la Semana Santa. Las campanas de la torre enmudecían. Los monaguillos abrían unas enormes arcas de nogal guardada en la sacristía o e un hueco de la torre, sacaban de ellas carracas de distintos tamaños: trozos de madera a los que se les había excavado uno de sus extremos hasta convertirlo en delgada tablilla cimbreante, que, apoyada en una rueda dentada atravesada por un palos obre el que giraba, produciendo tantos chasquidos como resistieran las fuerzas del que la portaba. La longitud y el grosor de las tablas emitían, al girarlas, tonos distintos. Los monaguillos tenían el privilegio de voltearlas. Los demás les seguían por las calles del pueblo esperando, deseando un momento de cansancio, para compartir el placer producir aquel desagradable chasquido. En mi pueblo había una carraca enorme, tan larga que sólo los mayores podían voltearla. Los más bajitos se subían a una tapia o pretil para poder "sonarla". Lograr un chasqueo continuado de aquella carraca de nogal era todo un ritual de iniciación a la pubertad. Las carracas, en Semana Santa, marcaban las horas de los oficios religiosos y sustituían a la campanilla en el altar. El pueblo era sólo y todo carracas: los días eran pocos y los chavales muchos.



El Jueves Santos tenía lugar el lavatorio de los pies. Los apóstoles eran chavales elegidos por el señor párroco. Las madres de los elegido hacían gasto especial en ropa, pero, sobre todo, en higiene. Esto era una suerte. Después del los oficios se procesionaba por las calles. Todos los días de la Semana había alguna procesión, pero la del Jueves Santo, la que sucedía al lavatorio levantaba una expectativa singular entre los chavales. Los que habían participado en el lavatorio, ocupaban un lugar destacado en ella, cubiertos con túnicas blancas. Entraban antes en la sacristía. Allí, sobre un mueble enorme en altura y extensión, en el que se encastraban los cajones no menos morrocotudos donde se guardaba la ropa de misa, estaban todos los símbolos de la pasión, incluida la bolsa de Judas. Los breves momentos de la elección dentro de la sacristía causaban expectación en la nave parroquial: ¿quién sería Judas?. Hoy, desde los conocimientos de la Psicología Social con las teorías del etiquetado, los procesos de la segregación y estigmatización o el poder de las circunstancias, se me ocurre pensar: ¿qué sería de todos aquellos que una vez fueron Judas? ¿Será la razón que explica mi interés por las conductas delictivas?

Acaso porque desde pequeño la figura de Judas era vivida con tanta expectación, ayer pregunté si habían soltado a algún preso. No es coincidencia que al hacer la pregunta se me agolparan otras ideas y procesos psicológicos. Me creo, o mejor, sé, que cada uno percibe el mundo desde la mirada de su especialización: el médico ve enfermedades, el arquitecto grietas en las paredes, al filólogo le suena horrible la mala sintaxis, el fotógrafo es sensible al desenfoque y la presencia de objetos extraños. Como psicólogo social, de orientación cognitivosocial, ayer se me agolparon, junto a la idea de la liberación de presos con motivo de procesionar estos días el Cristo del Perdón, las ideas de la creencia en la rehabilitación que tal hecho soporta. Lo mismo que Jesús, según cuentan los evangelios, le prometió a Dimas el premio eterno al verle arrepentido: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso, (lo que no hizo con Gestas por faltarle arrepentimiento), las Cofradías del Cristo del Perdón liberan de la cárcel algún preso. Nada, pues, de criminales irrecuperables. Seguro que si a Dimas se le hubieran pasado los 20 ítems del test de Hare su puntuación hubiera coincidido con la de Gestas. Sin duda alguna psicópatas perdidos sin esperanza social alguna. Pero no fue así, Dimas se arrepintió y obtuvo el perdón y se convirtió en el primer canonizado de la historia de la Iglesia. Sí, nada más ni nada menos que un psicópata fue el primer canonizado por el fundador de la iglesia católica.

La afirmación probada de la teoría cognitivosocial de Bandura, de que nada es definitivo ni predefinido en la existencia humana, late en la costumbre de excarcelar a un preso con motivo de algunas procesiones. Quizás, como sucede con muchos de los arrancados del corredor de la muerte por el Programa "Inocence", estos presos perdonados se conviertan, sí, se conviertan, porque estamos hablando de creencias, en "misioneros" de la paz y la convivencia en su propia comunidad. No responden a la injusticia con nuevas injusticias.

Si el culpable reconoce haber ofendido a la comunidad quebrantando sus normas y ésta cree en sus buenos propósitos de enmienda, estamos hablando de justicia restauradora. Delincuente, víctima y comunidad (representada por los expertos en negociación crimianl) llegan al acuerdo de reparación del daño y recuperación de la confianza mutua. Al cronómetro de la acción delictiva se le borran sus registros anteriores y se reinicia desde cero. Pero el delincuente debe ser consciente de que, en medidor del tiempo que es la memoria, permanece el rastro recuperable de la acción perdonada, pues está programado para resetearse sólo una o muy pocas veces. Si reincide, se recuperan los archivos eliminados.

En las sociedades urbanas actuales, en la que uno sabe donde nace, pero nunca los lugares que que habitará, ni en el que desaparecerá, ha sido necesario reinventar, con la justicia restauradora, la costumbre de la Cofradía del Cristo del Perdón. Cuando el lugar donde se nacía distaba pocas leguas de aquel en el que transcurría su vida, la comunidad misma arropaba al delincuente perdonado. De la misma manera que atendía al anciano, integraba al deficiente mental y auxiliaba al deficiente físico sin necesidad de residencias perdidas en el desierto de las afueras de los núcleos habitados, a los que retornan de "excursión" subidos en autobuses de retorno temprano: "Es para que tengan más calidad de vida". Tan descontaminados como en los internados descritos por Goffman, cuya esencia es la despersonalización y la ausencia de control sobre la vida propia. Es decir, la verdadera calidad de la vida humana. Mucho aire puro, poca capacidad para aspirarlo y menguada autonomía.

Es cierto, en la sociedad actual, dominada por el anonimato, los incentivos para la dessvinculación moral y para la recaída del delincuente perdonado debe ser institucionalizada con protocolos de de actución y de seguimiento, lo que no era tan importante cuando nació la costumbre de las Cofradías del Cristo del Perdón. Pero, como entonces, aunque con más dificultades, los delincuentes pueden arrepentirse y recuperar íntegro su puesto en la sociedad. Las procesiones de Semana Santa, en silencio o acompasadas con el sonido de las bandas rememoran las ideas de arrepentimiento, perdón y rehabilitación.

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