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lunes, 1 de septiembre de 2008

AUTOEFICACIA COLECTIVA
















Las vacaciones nos afectan a todos. En agosto no he escrito mi tema del blog. La falta de tiempo no es disculpa, aunque la gente dé por bueno que en vacaciones hay que romper con la estructura de rondó de la cotidianidad. No escribí, simplemente, porque este artilugio mágico llamado ordenador, se infectó gravemente, tanto que tuvieron que intervenir los especialistas. Para eso están. Mal negocio hace quien pretende saberlo todo en este campo y depender solamente de sí mismo. Berry Zimmerman,uno de los mejores invetigadores en la teoría de la autoeficacia, especialmente en temas de desarrollo inelectual, ha descubierto que las personas autoeficaces tienen la habilidad de consultar y no perder el tiempo en resolver aquello para lo que no están preparados.






¡Qué pejiguera es la psicología! Pues no, no quiero decir que uno no deba aprender cómo funcionan los ordenadores. Uno debe defenderse lo suficiente para ir solventando los contratiempos que de vez en cuando nos causan estos instrumentos. Es más, debe aprovechar los sopetones para preguntar y aprender qué es lo que debe hacer para sortear el mismo callejón sin salida. Hubo que reinstalarle sus sistema operativo, recargar los programas, recuperar algunos archivos importantes. Y eso sí que me arrebató el tiempo que había destinado a esta página. Luego tuve la alegría de poder viajar unos días por algunas capitales del norte de Europa.










Siempre que se viaja, si se va con los ojos abiertos y sin juzgar lo que discurre ante la mirada atenta, observando modos diferentes de interpretar y diseñar los mismos hábitos y necesidades: comer, vestirse, negociar, comprar, vender, rezar, pintar o esculpir la realidad en lo que se llama artesanía típica, oxigena la mente, especialmente, pienso, de un psicólogo social. Aunque se conozca mucho, aunque se haya viajado mucho, a veces, sin esperarlo, (de nuevo las casualidades de la vida) hay algo que despierta la sensación espiritual de los sublime.





Terminabamos la visita a la ciudad de Gdansk. Como los estereotipos funcionan para que la mente se ocupe en lo que interesa, llegué a esa ciudad como si fuera de orden inferior comparada con la soberana San Petersburgo o Copenhague y Estocolmo, capitales de reinos. En mi estereotipo de Gdansk estaba la imagen del sindicato Solidaridad, con Lech Wałęsa agitando a los sindicatos católicos a finales de los 60 y , especialmente, durante la década de los 70, para liberarse del régimen marxista que les impedía manifestar y decidir libremente. sus creencias y moldo de ser gobernados.






Lo que observé me gustó. Apenas si existían rastro de la guerra o la represión brutal. Es una ciudad limpia, alegre. Restaurada, porque lo leí, tal como había sido construída por los mercaderes de la edad media y el renacimiento. Su fachadas estrechas, empinadas y cada una decorada con grabados, gárgolas y altorrelieves distintivos le daban un toque de semejanza con las ciudades Holanadesas y Belgas, pero con más alegría, menos monótona y sin tanta uniformidad alineada. Gárgolas abundantes, pero distintas de los tradicionales dragones voladores. Ranas de ojos salatones que recogen el agua por la espalda mientras se mofan de la inutilidad de tu paraguas y arrojan la del tejado por el canalón que arranca de su parte inferior ocultando sus vergüenzas o revelando sus secreto de añorar su etapa de renacuajo.Escarabajos peloteros de antenas hirsutas sobrepasando el tejado, con sus fauces abiertas avariciosamente para aprovechar cuanto desprenda el tejado puntiagudo y construir una pelota de desperdicios tan grande como la esfera del sol poninte en tardes de verano. Canes a nivel de tu cabeza que te enseñan los dientes; unos regurgitan agua al menor descuido, mientras que otros bromean contigo haciendo el ademán de chorrearte, pero tuercen inmediatamente su lengua de canalón y te enseñan sus dientes sonrientes,guasones; en su cavidad de aluninio resuenan alternativamente el tintineo de las gotas de agua, tirachinas de travesura infantil, la risa continua y atiplada de grupos de adoslescentes y la grave risotada atragantada del ogro de Pulgarcito. Cada can es diferente, aunque todos son guardados en la retina de las diminutas cámaras de los visitantes. Unos son turistas que disparan a todo lo que aparece, incluso aquellos edificios que otros han fotografíado con maestría y copyrigt, visitan las ciudades y monumentos para observarlos cuando vuelvan a casa, sin darse cuenta de que al lado pasa una madre con un carrito de gemelos que a los hijos del sol nos parece una carcel prematura, pero que para los hijos del agua y el hielo son el cofre done guardan sus tesoros más preciados. ¿Llevaría climatiazación el infame carrito infantil?. Los turistas vuelven a ver los monumentos de las guías convencionales cuando descargan sus tarjetas en el ordenador. Los viajeros apenas si entran en las iglesias palacios o museos: pasean por las calles, siguen con su mirada los comportamientos de la gente durante tanto tiempo que pareciera que estuvieran haciendo ejercicios de rehabilitación de sus cervicales. Se adentran en las callejuelas donde entran los que allí habitan y descubre que en toda ciudad existe un rincón, sacro o profano, en el que sus habitantes esconden o muestran sus creencias mas íntimas. Toda ciudad tiene su rincón de culto adornado con las mismas flores, aunque los tótemes sean dispares. Cuando el viajero descarga las tarjetas de sus cámaras en el ordenador, no mostrarán monumentos, sino capillas dedicadas a la Virgen o al Diablo, o la estrella de Davd, o un grafiti que le resucita un estado del alma.





Sin duda Gdansk es una ciudad moderna que ha reconstruído su antiguas fachadas para mostror que del desastre se puede salir hermoso y aseado. Esto era ya una lección de constructivismo positivo, un modelo de a elegir por los investigadores de la teoría cognitivosocial y y una propuesta a imitar por aquellos pueblos que se eternizan en sus lamentos de impotencia e ineficacia. Estas eran mis reflexiones de vuelta a mi refugio temporal en busca de descanso. Viajábamos en un taxi cuyo conductor no entendía ninguna lengua en la que pudiéramos comunicarnos. Expresabamos nuestras impresiones en voz alta como quien considrando que el taxista no era cómplice ni espía. En un momento pronunciamos la palabra Solidaridad. Esta sí la entendió y, casi sin pedirnos permiso, se desvió, nos condujo por las calles de un barrio exterior de la ciudad. Paró el taxi, nos invito a bajar y con su mano abierta nos señaló el monumento construído en honor a los héroes del Sindicato Solidaridad. Estábamos solos los tres: Isabel, el taxista y yo. La primera imporesión fue un poco indiferente: tres estructuras de acero rematas en tres cruces. ¡Vah!. Un monumento tradicional a los caídos. De cerca descubres que la cruces son anclas, que en una de las columnas de acero entán grabadas la fechas en las que el sindicato católico Solidaridad se rebeló y fue brutalmente reprimido: 1956, 1970, 1980,1981 una lucha muy larga, tensa, pertinaz, persistente, una lucha en que los amasacrados fueron sustituídos por compañeros que aferraron con ambas manos la maroma de la solidaridad con la que tumbar la poderosa estatua del apresor de sus libertades y creencias. La tenacidad de los autoeficaces se repone, y en este caso, toman el relevo, con facilidad cuando se encuentran con el fracasos, repite Bandura en sus escritos. Pero esto que se explica en clase de psicología con entusiasmo, se ve grabado en el frío acero de quienes murieron por defender su libertad y su fe. Autoeficacia colectiva. Notas por segundos que tu piel se estremece físicamente por la emoción de respeto, admiración, icredulidad. Aquello era una aparición súbita. Mueves tus pies sileciosamente para no distraerles de su esfuerzo concentrado de liberación. Con la devoción del sacertote que da vueltas al altar incensando el ara sagrada, vas mirando cada detalle del monumento cuando descubres a uno de los supervivientes. Exhausto, famélico, con su botas de goma por encima de las pantorrillas, el casco de metal en su cabeza, el traje engrasado, la chaqueta semidesabrochada como en esas imágenes de mineros en el momento de aflorar de las profundidades. Tiene las manos levantadas, casi juntas, a la altura de su barbilla, con las palmas abiertas hacia el monumento. Quizás reza, acaco agradece, problablemente admira y seguramente todo a la vez porque todas esas emociones se hacinan en un eterno segundo. Junto a él, lápidas y fotografías de algunos destacados que murieron por colocarse al frene de la cuadrilla de segadores de la opresión, llevando más surcos que los que le secundaban. No se me ocurrió leer ningún nombre. Aquello era una autoeficacia colectiva de un grupo de constructores de barcos que veían cómo el producto de sus trabajo cruzaba libremente el horizonte que a ellos no les estaba permitido explorar. "Teniendo ellos más alma, tenían menos libertad". Estábamos solos, ya lo he dicho, pero es que esa soledad permitía vivir el momento en profundidad. Tampoco hacíamos ruido al ir girando al rededor de aquella tres columnas de acero. En un recodo apareció la cara de un pequeño muro que habíamos visto de espaldas. Unas pequeñas cabezas de trabajadores de los astilleros cubiertas con sus cascos de trabajo (¿o de guerra?) presidían cuatro planchas de cobre, cada una en un idioma distinto. Observé que una debía ser ruso, la otra polaco, seguramente. La terera y la cuarta estaban escritas en inglés y en francés. Yo me quedé y fotografié, para no olvidar aquel momento encantado, la escrita en inglés:










A TOKEN OF EVERLASTING REMEMBRANCE OF THE





SLAUGHTER VICTIMS. A WARNING TO RULERS





THAT NO SOCIAL CONFLICT IN OUR COUNTRY





CAN BE RESOLVED BY FORCE. A SING OF HOPE





FOR FELOW-CITIZENS THAT EVIL NEED NOT PREVAIL.










Confieso sin rubor que me asomaron las lágrimas a los ojos. Ahora, cuando he revelado la imagen en la pantalla de mi ordenador, he vuelto a revivir aquel respeto ante lo sublime . No pronuncié palabra. Acaricié la cabecita de uno de los vigilantes de aquel testimonio como quien pide un deseo al ser que nos religa, le dí, les dí las gracias por su ejemplo.





De todo lo escrito en aquella lápida me quedé con la precisión de la última frase:










Una señal de esperanza para los compañeros-ciudadanos de que el mal no necesita prevalecer.










En este momento no encontraría un mejor ejemplo de autoeficacia colectiva que el monumento en recuerdo a la larga, tensa, constante, infatigable creencia de cadena de generaciones de miembros del Sindicato Solidaridad que fueron tomando el relevo de los que caían abatidos por las poderosas fuerzas del mal. Su creencia en que el mal no debe prevalecer necesariamente porque ellos se juzgaban capaces de vencerlo, nos debe identificar a todos los compañeros-ciudadanos con el superviviente que les reza, les admira, les agradece y les envidia. Todo es posible cuando uno se siente capaz de ejecutar sus empeños.


























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