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sábado, 22 de enero de 2011

OPORTUNIDAD PARA DELINQUIR


En mi opinión, cuando los autores afirman que puede haber delincuentes que, pese a no tener una

autoeficacia en sus capacidades para delinquir, quieran seguir delinquiendo y que por ello es

necesario reforzar sus vínculos morales, para que así “pierdan su identidad de delincuentes,

están haciendo de forma implícita un reconocimiento a la personalidad y/o a la motivación del delincuente. Lo que nos lleva a preguntarnos qué valor tienen en la teoría de la autoeficacia para delinquir, elementos clave de las teorías de la oportunidad como (1) un delincuente motivado y (2) la

oportunidad para delinquir.
(Carlos Vázquez).
Antes de nada, buenos días. No me he ido para siempre. Sólo me he distraído con temas de autoeficacia y salud y algún que otro curso.
Las palabras que acabo de reproducir nos la dedica Carlos Vázquez en la Revista Española de Investigación Criminológica (http://www.criminologia.net)./).
Querido Carlos, estas palabras indican, a mi entender, tu gran dominio de las teorías criminológicas. Referidas a la teoría cognitivosocial, ponen en pie casi todos sus fundamentos, nuestros fundamentos. Pero, no porque los arrases, sino porque los encumbras. Comentar cada palabra

de tu denso párrafo me exigiría escribir otro libro sobre autoeficacia y delincuencia. Y eso que, por no alargar la cita, (acaso por no tener que pagar a la Sociedad de Autores) he contenido mi impulso a transcribir el párrafo siguiente. Como los grandes personajes, acabas de brindarme la oportunidad de dedicar varios temas a comentar tus provocadoras consideraciones. Gracias.
Hoy me detengo solamente en el título de la que llamas teorías de la oportunidad. Pienso que el título, cuando se pone, es como el mote con el que las gentes rebautizan a sus convecinos: sintetizan la percepción que de tienen de ellos, o la iluminación que uno mismo selecciona al aparecer en

escenarios públicos ( depende de lo goffmiano que uno sea.)
Des esto hace ya varios años. Lugar: La Casa del Libro de la Gran Vía de Madrid. Cuando se atraviesan sus vetustas puertas se sobrepasa la barrera del sonido. Lo mil colores y los mil contornos de los volúmenes, cual ágiles espermatozoides, se apresuran a fecundar la retina del ávido visitante, en trance de acomodarse a la aparente oscuridad. El olfato aspira los olores de las tintas vírgenes y el tacto impone tocar, asir, levantar, acariciar la carnosidad de los volúmenes, mientras el pulgar rasga las cuerdas de las página y el aire que agita aumenta la profundidad de olor de las tintas, que, como un gran reserva, regalan su mejor esencia a quien se atreve a agitarlo y meter su nariz hasta el hondón de la barriguda copa.
Había llegado al fondo, tomado el ascensor y desembocado en el piso de los libros de ciencias sociales, entre los que se hallan los de psicología. Me interesaba, entonces, por algún libro de psicología jurídica. Pero nunca uno se detiene sólo en lo que se busca, porque las sorpresas suelen pasar también por caja.
Sólo al mirar el reloj me di cuenta de que el tiempo psicológico también se paraba allí. Tomé el

ascensor de vuelta, me dirigía hacia los portones de salida, cuando algún otro libre me distrajo. Me entretuve un ratito más rasgando volúmenes de literatura. A mi lado había dos chicos jóvenes que cuchicheaban. De repente el agudo pitido de la alarma antirrobo pita como pecado hecho público. Instintivamente vuelvo la cabeza. Un instante para darme cuenta de lo que había pasado. No vi a

los dos jóvenes, sino la estela de su acción. La chica, no he dicho que eran chico y chica, había cargado varios libros en la mochila de estudiante que cruzaba su pecho en bandolera. Chico y chica habían salido a toda prisa. La alarma había saltado, el vigilante se precipitó hacia la salida. El chico, fingiendo incomprensión, se detiene y vuelve a entrar dirigiéndose al guardada de seguridad que le solicita su mochila estudiantil. Nada en ella que no fueran apuntes de clase. El guarda de seguridad se atreve a pedirle que se desabroche la sudadera. También nada. Una nueva mirada para buscarle alguna protuberancia rectangular en su cuerpo. Nada. Le deja marchar. Ahora no suena

la alama. Mientras el guarda jurado ha ocupado su tiempo registrando al chico, ella, que salió corriendo, había desaparecido del ángulo de visión permitido por los dos .
Me he quejado muchas veces de la influencia de los medios de comunicación cuando, además

notificar un delito, describen los modos de perpetrarlos. En la teoría cognitivo social decimos que el modelado es importante para generar autoeficacia porque, mediante la comparación

social, se concluye que si alguien ha sido capaz de generar tal “audacia”, ¿por qué yo no. ¿Observar o describir la secuencia de la acción delictiva es fuente de autoeficacia para quien la observa, porque, además, enseña cómo ejecutarla. Espero no estar contribuyendo a que las librerías pierdan dinero en la prestación de sus servicios.
Ignoro si te decidirás a robar libros siguiendo el método que te acabo de mostrar. De lo que estoy seguro es que sí lo has aprendido. Confío, aún más, en que te encuentres muchas veces con la oportunidad de robarlos, porque frecuentes las librerías. Yo, al menos sí lo aprendí, y he tenido oportunidades de practicarlo. Pero la oportunidad no me ha llevado hasta realizar la acción que me

enseñaron aquellos dos estudiantes madrileños.
-Ya sé. Ya sé que hacefalta algo más que saber cómo se comenten los delitos para que se ejecute laacción.
-Hace falta la motivación.
Sí, además de saber cómo, hace falta la motivación. Palabra mágica y omnipresente en la explicación de la psicología.
Prometo otro tema para esta palabra mágica. De momento me conformo con la suposición de que

la motivación consiste en recibir beneficios o evitar castigos. Técnicamente se llaman expectativas.
Pero es que quien compra libros está más que motivado para robarlos: le gusta leer, tanto que emplea su tiempo y dinero en ello, dos potentes fuentes de motivación. Además tiene la oportunidad cada vez que frecuenta una librería ¿Qué más necesita? Y sin embargo no todos lo hacen. Digamos que les falta algo que les dé el empujón final. Naturalmente digo que es la autoeficacia: sentirse capaz de ejecutar la acción delictiva, esa acción delictiva que acabo de describir con algún detalle.
Con estos principios de la oportunidad y de la motivación se podría hacer el ejercicio de pasarse el día buscando oportunidades de delinquir sin impunidad. Se toparía con la sorpresa de que son muchas más las oportunidades de quebrantar la ley que de cumplirla.
Siempre que me topo de bruces con una postura conductista encubierta, como la de la

oportunidad y la motivación por expectativas materiales o sociales, me cuestiono si no se dan cuenta de que el hombre no es la aguja imantada que se desplaza en función de la fuerza de la corriente que se acumula en el interior de la bobina con la que se relaciona, dependiendo de la

fuerza de la corriente eléctrica que la recorre.
No, no oscilamos en nuestra conducta como la aguja imantada, a merced de lo atractivo que resulten las consecuencias de acciones determinadas, como la de robar libros por el método de pareja. Además de la oportunidad y de la motivación, se necesitan principios morales. Para que no se delinca hay que “reforzar los vínculos morales”.
Con los principios de la teoría de la oportunidad lo que resulta difícil es explicar cómo la mayoría de las personas, la mayoría de las veces, teniendo todos los motivos y oportunidades no delinquen. Con esta clase de teorías lo que hay que explicar no es acción delictiva, sino la acción honrada.

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