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martes, 31 de agosto de 2010

CAPILLAS

GATO EN SAN PETERSBURGO
Doma de caballos de Piotr Klodt.



FLORES A LENÍN
Si puedes demostrarnos que hoy es tu santo, te regalamos el 40% de la compra. Hoy es San Max. Así sorprendía este verano a los visitantes una franquicia de Chocolat Factory.

¿Imaginas a la gente haciendo cola para aprovechar la oportunidad? Pues no te lo imagines. En la tienda no había más que una pareja con dos hijas pequeñas.

- ¿Vale también el cumpleaños?, pregunté.

- No, solamente el santo.

La pareja y sus dos hijas se extrañaron de mi pregunta. No se habían percatado de la oferta. Los comerciantes hacen reclamos para atraer clientela, pero albergan la esperanza de que no se cumplan las condiciones de su oferta. Los bancos y empresas no creyeron en el título mundial de “La Roja”.

Hoy se ignora cuál es el santo del día porque los nombres ya no son los que el cura, rebuscando
sarcásticamente en el martirologio, imponía al neófito. Nombres como Acindino, Restituto, Emilino. No me los estoy inventando. En mi internado tenía tres compañeros que atendían por ellos. Cuando nos reíamos, comentaban no ser los peores, pues el párroco había cristianizado a un feligrés de un tirón bajo el manto protector de los canonizados Aítelas, Apeles y Epipodio. Los nombres de hoy reproducen los de “santos actuales”, como el que se encontró una pediatra al hacer la afiliación del niño que iba a explorar: Kevinkostner Motos.

Hace años, el trascurrir de la vida en los pueblos del Reino de León (como en los demás, supongo), se regía por el tiempo meteorológico, las estaciones del año, las fiestas eclesiásticas y los  patrones del lugar. Hoy, en cambio, una sociedad más urbana, organiza su vida,  principalmente los tiempos de descanso, siguiendo el calendario laboral. Pero es más rutinaria que la de antaño: hay que alegrarse en Navidades, pensar en las escapadas del Pilar, la Almudena, el dos de mayo, San Isidro o la Asunción, para quienes viven en Madrid.. Se han convertido en necesidad. Incluso quienes tienen ya todo el tiempo para organizárselo a voluntad tienen una sensación de vacío si no abandonan sus rutinas algunos días en verano.

Buscando donde cumplir el mandato elegimos San Petersburgo.

¿Por qué? Racionalmente porque la vez anterior no nos la dejaron ver a nuestro antojo. Al elegir un viaje que otros organizan tienes asegurado que darás una vuelta por lo que todos los visitantes ven. Lo fundamental. El viaje organizado garantiza que hablarás el mismo lenguaje de otros que allí estuvieron. Torres altas doradas, columnas monolíticas que se asientan por su propio peso y, sin duda, el Hermitage: montones de pintura ubicadas desordenadamente, obras maestras inasibles a la mirada por estar sobre el dintel de una puerta de tres metros de alto. Todo es grande, muy grande en la Ciudad de Pedro Primero y sus sucesores.

En una visita en la que has entregado tu libre albedrío al del guía que te ha tocado en suerte, trotas de iglesia en iglesia porque hay que verlas todas y en San Petersburgo hay muchas que ver. Y tras las iglesias, los palacios, tantos como iglesias en San Petersburgo. Luego tumbas, estatuas, cuadros, leyendas, dichos. Como en todas las ciudades del mundo. Sólo que en San Petersburgo a lo bestia. Todo es tan grande como los dos metros y cuatro centímetros que medía su gran mecenas, el Zar Pedro Primero el Grande.

- ¿No te has dado cuenta de que estoy hablando de memoria?

Todo esto ya lo había visto la primera vez en que entregué mi mindfulness a una guía rusa de habla cubana donde había estado becada por el régimen comunista. Si hubiera querido completar aquella visión sesgada, mejor haberme sumergido en Internet. Como en la retrasmisión de los acontecimientos deportivos, la mejor manera de seguirlos de cerca es viéndolos el la tele (lejos). Quien retrasmite tienen el acomodo que tú nunca podrás alcanzar.

Pero te privas del comentario del que está a tu lado, del atuendo multicolor del hincha, del olor agrio a multitud, de sus gritos o cánticos tan rituales como los movimientos con los que los acompañan. Lo que sucede en el estadio no lo transmite la imagen distante y helada adosada al frío cristal del televisor. En la presencia física hueles la multitud, respiras el jadeo del fanático, palpas la red en la que se anida el balón y te duele el golpe del que se estrella o pasa lamiendo la madera. Las visitas guiadas te impiden también vibrar con la gente que habita las ciudades.

En las obligas vacaciones de este verano queríamos vivir San Petersburgo. No visitamos iglesias, ni palacios, ni buscamos guía. Con la única ayuda del mapa de bolsillo ofrecido en el hotel y nuestros pies para caminar, pararnos en aquello que nos llamara la atención desde el punto de vista humano.

En estos paseos sin mayor programación, suelo buscar pequeños o grandes detalles que muestren el regazo de la gente que habita las ciudades. Me atraen sus manifestaciones de superación y los pequeños nichos, capillas ocultas, que alguien se molestó en levantar en el algún rincón poco frecuentado de la ciudad y que siguen visitando para dejar sus rezos. Todas las ciudades tienen capillas que no te enseñan las guías. Los lugareños se admiran cuando, como extranjero, te interesas hasta estudiar ángulos y planos desde los que conseguir la mejor fotografía. Mientras enfocas, te miran, se paran facilitándote la labor. Agradecen que quieras comprenderles.

Entre todas las imágenes de San Petersburgo para simbolizar la autoeficacia, me quedaría con la doma de caballos de Piotr Klodt.

- Demasiado obvio ¿verdad?.

- Tanto que me los enseñó la guía cubana.

- Pero, bueno, es cierto que sería una bonita imagen/metáfora de la autoeficacia.

Como capillas que no aparecen en las guías de turismo, te presentaría tres, aunque sólo tengo imágenes de dos. La primera la encontré en un rincón y a la altura solamente alcanzable con el zoom del teleobjetivo. Es una repisa para un gato. Tiene toda la apariencia de una capilla dedicada a un santo. No sé qué significa. Nada indicaba que encarnara algo especial. Pero alguien se había tomado la molestia de hacer fraguar con detalle la pletina que sostienen la diminuta plataforma sobre la que se asienta un gato con mirada penetrante. Si te quedas mirándol te hipnotiza.

La segunda capilla está en una de las calles principales, pero tampoco aparece en las guías turísticas, ni te la enseña nadie. Ninguna de las muchas personas que pasaban por aquel pasadizo subterráneo de la Avenida Nevskii, punto neurálgico de la ciudad antigua, desaceleraba su paso para dedicarle una atención. Atrajo mi atención un ramo de flores frescas pegadas a la pared con cinta adhesiva.

- ¡Esta sí que es una capilla de verdad, y no las que te inventas! , me dije. Levanté la mirada para descubrir al “santo”

El santo era Lenin, como puede leer quien aplique a la leyenda el alfabeto griego que aprendíamos en el bachillerato. Entiendo que la última palabra es “biblioteca”.

- ¡Que es natural que Lenin tenga su capilla en la ciudad en la que generó sus ideas revolucionarias!

- Claro

- ¡Que es natural que Lenin tenga una capilla en la ciudad que llevó su nombre durante décadas!

- Claro.

- ¡Que Lenin es n ejemplo de autoeficacia!

- Claro! Por hacer efectivas sus ideas sufrió persecución y destierro. ¡Qué importa que no comulgues con susideas!

Lo que sigue atrayendo mi atención es que no tenga un monumento como sus odiados zares. Lo que sigue aguijonando mi cabeza es la idea de saber que alguien sigue tomándose la molestia de colocarle flores frescas. Alguien le revive en su memoria, le quiere, le añora y devotamente le pega torpemente unas flores frescas a una pared lisa bajo su busto en altorrelieve. Un íntimo acto de ternura 86 años después de su muerte.
-¿Te imaginas lo que puede "rezarle" en todo el trayectomental desde el momento en que decide comprarlelas flores hasta que consigue que queden adheridas a la pared?. Esos son rezos de verdad.

Me queda la tercera imagen. Pero no te la puedo mostrar. Bien a mi pesar. Dolor que me impide olvidar a aquella viejecita, contrahecha, tocada con un gorro multicolor de ganchillo. En un imperdible gigante bajo el brazo enhebrados muchos más de muchos más colores. En su mano extendida mostraba, ofrecía otro a los viandantes que tuvieran la compasión de comprárselo. ¡No me veía yo con un gorro de tantos colores! Al día siguiente, transcurrida la noche, allí continuaba, estatua viva, mino de sí misma, buscando dignamente la manera de sobrevivir. Me duele la ausencia de aquella imagen en mi colección de fotos para mostrar la autoeficacia.




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