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lunes, 15 de febrero de 2010

EL ENCARGO

- Me parece que te falta un tema del blog. Me comentaron ayer.



- Sí, el del mes de Enero

Soy consciente del retraso, pero agrada el reproche. Es un alago caer en falta o brillar por ausencia. Había intención de recuperarlo, pero carecía de fecha. El reproche de ayer ocasiona la temprana dedicación de hoy.

Los temas para escribir se amontonan bajo la bola del alargado pisapapeles de mi mesa de trabajo. Cada uno clama urgencia, pero desde hace tiempo, cual pájaro carpintero, martillea el tema de la persuasión (uno de los modos de implantar la percepción de autoeficacia en las personas)

No quiero repasar cuál sea la definición que el Diccionario de la RAE otorga al vocablo persuasión. Opto por quedarme con lo que me evoca y la connotación que despierta, creo, en cuantos la escuchan: reconvención que pugna contra la experiencia personal.

- No puedo con esto. Es superior a mis fuerzas. Lo he intentado muchas veces y me siento ya incapaz de dejar de fumar, hacer ejercicio, llevar una dieta sana, dedicar el tiempo que necesito al estudio, no responder al teléfono cuando estoy concentrado, seguir con lo que estoy haciendo cuando lo imprevisto llama a las puertas de la atención, no comprar lo que me apetece y apenas cuesta, retener el balón un minuto más en un partido, dedicar todos los días un tiempo a la lectura o seguir el viejo consejo de “nula dies sine línea”.


- ¡Cómo no vas a ser capaz! ¡Todo el mundo es capaz! ¡Inténtalo otra vez y verás cómo esta vez es la definitiva! ¡El que quiere puede! ¡Sólo es cuestión de echarle ganas!

Pocas palabras alentadoras están investidas de la autoridad suficiente como para contradecir la experiencia personal de fracaso. Ninguna prueba es tan convincente en un juicio como ver al testigo levantarse en la sala y, apuntando con su dedo índice, señalar al acusado a la vez que afirma: ¡es él! Con estas palabras abre Elisbeth Loftus uno de los capítulos de su libro sobre el testimonio presencial. Cuando se discuten los detalles de un acontecimiento y aparece alguien que dice: ¡yo estaba allí!, enmudece el coro de las conjeturas para escuchar reverencialmente al solista presencial. Y ningún testigo más creíble como la experiencia personal.

La palabra, en general, tiene poco poder persuasor. Aunque, cuando la autoridad de quien la pronuncia es creíble, puede ser psicológicamente milagrosa.

En el contexto de la teoría cognitivo-social,  se considera que la mera palabra es la herramienta menos eficaz para generar autoeficacia. Este convencimiento se origina en la tesis doctoral del Blanchard, al demostrar que, frente a la ejecución personal y al modelado, la palabra carecía de poder de cambio o, incluso, producía efectos negativos. Baste esta anotación histórica. Seguir esta pista sería más propio de exposición académica que de charla entre amigos.

Sucede que las concepciones preconcebidas impiden buscar interpretaciones ulteriores. Las relaciones entre la persuasión y la autoeficacia se han reducido a la monserga moralizante. Pero pueden arroparse con atributos más irrefutables.

La historia siguiente no es ficticia. Está sucediendo.

Javi, es un jovenzuelo que trabaja en una empresa de reparto. Lo conozco hace varios años. A primera vista, prototipo del macarra que pasa de todo. Viste con desgana: pantalones largos, anchos, deshilachados por la lija de muchos suelos; a la sudadera gris (creo que siempre le he visto con la misma), estampada con los descuidados trazos de algún grafiti, le cuelga una capucha negruzca unida a la espalda con cordones descompensados, anudados en sus extremos a la ligera, para evitarse el trabajo de reinsertarlos. En unos de los lóbulos lleva enroscado un pendiente. Pelo rapado a ambos lados de su cabeza; cresta en todo lo alto, cresta de verdad que discurre de frente a nuca y se alarga en trenza sobre la espalda. Pero siempre dispuesto a cargar con el mueble más pesado, cuando Juan, el jefe de la expedición, se lo demandara. Entre mueble y mueble, bromea. Pero su porte expresa que no se siente responsable de nada. ¡Allá el jefe! ¡Yo soy un mandado!

Hace unos dos meses, tal como hoy cuenta Javi al preguntársele, Juan se sintió mal. Un dolor en el pecho y el brazo le estaba molestando durante todo el día. Tuvo algún mareo. Avisado el dueño de los camiones de reparto le ordena visitar al médico, quien le ingresa de urgencias y de urgencias es operado de un fallo coronario. El dueño de la empresa sienta al volante del camión a Javi. Ahora es él el jefe de expedición. Tiene que ser puntual en las recogidas y en las entregas. Tendrá que manejar cantidades de dinero, tendrá que organizar el trabajo de los compañeros.

No temáis lo peor. Al contrario, Javi es puntual, sabe coordinar la logística de las entregas y recogidas, utiliza las capacidades de sus subordinados con respeto y dando ejemplo. Los clientes no escuchan disculpas de retrasos debidas al tráfico: él espera por los clientes y nunca los clientes por él. Javi, el prototipo de macarra al margen de la norma, ha superado la eficiencia de Juan.

Pienso que esta es una manera de persuadir: encargando. Las personas se sientan eficaces para llevar a cabo cursos de acción que nunca antes habían ejecutado o que pudieran sentirse incapaces de realizar. Si alguien le entrega una responsabilidad a una persona le está convenciendo de que lo considera capaz y la persona ahora, sin que le dé tiempo a cuestionárselo, se considera capaz y ejecuta la tarea con solvencia. El encargo no es monserga ni discurso con moralina. Es una de las maneras de convencer de que se escapaz de ejecutar determinadas tareas o profesiones. Y esto es persuasión como generadora de autoeficacia.

El encargo conlleva el atributo de autonomía. Poca o mucha, pero al entregar a alguien la responsabilidad de un desempeño se le confiere, necesariamente, autonomía.

En este punto me resulta imposible no recurrir a uno de los autores que acabo de descubrir en mi actual preocupación por profundizar en la autoeficacia como rodrigón de la formación continua en la empresa. Me refiero a Nonaka y su teoría de la organización como generadora de conocimiento, de adaptación y la mayor fuente de riqueza empresarial en un mundo globalizado y extremadamente competitivo. Como condición indispensable para que las empresas generen conocimientos que cristalicen en nuevos y competitivos productos, está la autonomía de las personas: La autonomía individual ensancha la posibilidad de que los individuos lleguen a motivarse a sí mismos para generar conocimiento nuevo. La motivación personal enraizada en emociones profunda, sirve , por ejemplo en la creación poética como fuerza impulsora de creación de metáforas. Una sensación de autonomía y sentido es importante en un contexto organizacional. El propósito es la base de la conceptualización. La autonomía otorga a los individuos libertad para absorber conocimiento. (Nonaka, 1994)

¿Es que nunca se ha vivido la experiencia de encontrarse a solas con una nueva responsabilidad y autonomía y sentir la imperiosa necesidad de imaginar modos de desarrollarla?

En autoeficacia la autonomía otorgada o adquirida es una extraordinaria fuente de convencimiento y persuasión de sentirse capaces.

La persuasión, cuando es eficaz, produce milagros instantáneos en la percepción de capacidad de las personas. Y el ENCARGO es un buen argumento de persuasión, al que no se contra argumenta, si no que origina conocimientos, imagina situaciones donde desempeñar el CARGO.

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